¿Os acordáis de la película Novecento? En ella, el fascista Átila (Donald Sutherland), vestido con su impecable camisa negra con la calavera metálica, y cuya desagradable sonrisa rivalizaría con la del sujeto que nos ocupa, sostiene entre sus manos un gatito vivo y ronroneante mientras da una charla a un grupo de mozalbetes. Dice que nunca debe conmoverles la ternura que pueda inspirarles un ser así, porque eso les confundiría, les haría débiles a la hora de aniquilar al enemigo comunista. Entonces ata al gato a una percha sujeta a la pared, toma carrerilla y se lanza contra él, reventándolo de un cabezazo (obvio que es un efecto, aunque muy bien conseguido). Sonríe con la cara ensangrentada. Sonríe mucho. Tiempo después, el fascista Átila viola y asesina a un chiquillo (escena que omitiré describir). Sin embargo, sigue con su vida tranquilamente, porque tiene la fuerza y también tiene la protección de los terratenientes para los que trabaja; pero cuando las cosas cambian, cuando los terratenientes huyen tras la guerra… el fascista Átila queda solo y desamparado, y un buen día acaba acribillado a horcazos en una pocilga, revolviéndose de dolor entre el estiércol.
Volviendo a la vida real, es cierto que la gran mayoría de los sociópatas (no necesariamente psicópatas, pues éstos no tienen por qué tener instintos criminales) que han llegado a asesinar seres humanos en cantidad suficiente para hacerse su apestoso huequito en la historia, han emprendido sus fechorías martirizando animales domésticos. Se sabe que el Petiso Orejudo, el niño que acababa con otros niños de las maneras más atroces, torturaba compulsivamente ya a tempranísimas edades (tres o cuatro años) a cuanto pajarillo, gato o perro cayera en su poder. Terminó ya de mayor pudriéndose en una cárcel de Tierra de Fuego, pero aún tuvo tiempo para estrangular al gato de unos reclusos, gato que debían de apreciar de verdad, pues le dieron una paliza tremenda de la que no se recuperó. Lo mismo ocurre con Ted Bundy (el galán matamujeres, republicano militante, por cierto, o lo que es lo mismo: pepero yanqui), con Richard Chase, con John Wayne Gacy, “el payaso asesino” (también conservador), con Jeffrey Dahmer, con Edward Gein (también de derechas y considerado un buen americano por sus convecinos, antes de conocer sus ‘travesuras’)… Estos individuos que no debieron haber nacido, pero que nacieron, dieron el paso de matar personas. Otros con instintos parecidos a ellos se conforman, sin embargo, con víctimas que no les comprometan. Las condiciones sociales y familiares juegan un papel primordial a la hora de que un individuo de esta especie se decida o no a cruzar la frontera, no hace falta ser psiquiatra forense para saber eso. Pero en todo caso, unos y otros ¿por qué lo necesitan? ¿Por qué necesitan presenciar el padecimiento de un animal o persona? Tema complejo, el mal llamado sadismo. Una berza o un árbol son seres vivos, pero no tienen ojos ni garganta por donde poder expresar eso tan caro a estos individuos, eso que necesitan como el aire: el dolor (el dolor siempre ajeno, por supuesto, pues suelen ser bastante hedonistas). Necesitan animales de sangre caliente que demuestren con toda la claridad posible su padecimiento, que griten, que se debatan vanamente tratando de sobrevivir… Esta especie de individuos necesita experimentar cómo se escapa una vida entre sus manos para dar potencia a la propia.
Para terminar, no creo que nadie de los que escriben furiosos en este foro y en otros similares piense que todos los miembros de Nuevas Degeneraciones del PP sean maltratadotes de animales y mucho menos de personas. Seguro que entre ellos hay quien trata con humanidad a su canario o gato o perro o minipig. Pero si hay algo de lo que muchos estamos convencidos es de que la clase de elementos abortables como Ferrero (y su esperpéntica trouppe) florecen más y mejor entre las derechas que entre las izquierdas. Si se ha levantado tal clamor por este asunto es porque el individuo de que tratamos militaba en el PP, eso es evidente, no lo neguemos. La gente ha pensado en el sufrimiento de esos pobres felinos (animales especialmente odiados por los catetos, lo que les hace todavía más hermosos); pero esa misma gente solidaria ha visto más allá. Ha visto al típico pimpollo adinerado de provincias riéndose de la vida. Ha visto la sombra del jovenzuelo falangista que pegaba tiros a bocajarro entre carcajadas y retorcía tetillas, ha visto el fantasma de uno de los iconos más repugnantes de una de las dos Españas: la negra, la hedionda, la de las moscas y la Fiesta Nacional, la de la Iglesia, la de la violencia larvada y la tradición tediosa, la que entre todas y todos debemos desterrar para siempre a los libros de historia.
Salud, amigos y amigas, y… ¡VIVAN LOS GATOS!
JAMG - ZARAGOZA
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