Los debates electorales constituyen uno de los fenómenos más importantes, si no el que más, en el marco de las campañas electorales. Es el momento en el que los ciudadanos tienen la oportunidad de ver a los candidatos cara a cara, en directo, y con una reducción considerable de filtros entre el político y el espectador.
Sin embargo, el hecho de que los debates electorales se hayan convertido en grandes espectáculos mediáticos, producto de la progresiva americanización de la política española y también de la europea, ha supuesto que el enfrentamiento entre candidatos sea cada vez más encorsetado, artificioso y rígido. Responde esto a que los partidos son conocedores de las audiencias millonarias a las que se enfrentan en ese momento. El metadebate, lo que los medios dicen antes, durante y después del debate, es tan importante o más que el acontecimiento en sí mismo. El lunes pudimos ver el gran despliegue de medios alrededor del evento, con expertos y tertulianos de diversa condición en las televisiones y radios que lo ofrecían, cronómetros de cuenta atrás, conexiones en directo, etc.
Y si bien la influencia en el voto no es muy grande, sí es relevante, y más aún en ocasiones como la actual, en la que las diferencias entre los dos grandes partidos están bastante ajustadas. Es por eso que se pacta y se negocia prácticamente todo, desde los bloques temáticos, el tiempo de cada intervención, turnos de réplica y contrarréplica, hasta los contraplanos o planos de escucha, altura de las sillas, temperatura del escenario, posición de los contendientes, situación de las cámaras, decorados, etc.
Frente a estos espectáculos de masas es cuando los asesores de imagen y los consultores de comunicación parecen cobrar más protagonismo. En procesos de discusión tan cerrados y acordados previamente, son los pequeños detalles, los discursos, los gestos, el vestuario, posturas... es decir, todo lo que se refiere a la comunicación verbal y no verbal, los que pueden provocar aquellas diferencias que hagan vencedor a un candidato u otro. Los debates se preparan concienzudamente con los equipos de campaña para que nada quede a expensas de la improvisación, aunque a veces el propio desarrollo del encuentro televisivo pueda sacar de su papel a los candidatos en algunas de sus intervenciones.
El pasado lunes tuvimos la oportunidad de ver el tan esperado y publicitado debate entre Rajoy y Zapatero. Como era de esperar, ambos había preparado el cara a cara junto a sus colaboradores y asesores en comunicación, un trabajo que se notó pero en el cual también hubo deficiencias considerables que deberán intentar corregir para el próximo lunes 3 de marzo. Dichas incorrecciones pueden atribuirse al desarrollo del mismo debate o a las carencias de los propios candidatos.
En el caso de Mariano Rajoy, los fallos en cuanto a la imagen del candidato fueron más notables. Desde su llegada a los estudios pudimos ver a un Rajoy algo más nervioso que el presidente Zapatero, más sobrio y serio en su imagen. No sabemos quién eligió la chaqueta del candidato popular, pero flaco favor le hizo. Parecía que la chaqueta le quedaba pequeña, las mangas estaban cortas y al entrar no sabía si abrochársela o no, ya que cuando lo hizo se notaba la estrechez de la misma, por lo que decidió dejarla abierta todo el tiempo. Este hecho provocó que en la presentación de ambos candidatos junto al moderador en el escenario del debate, Rajoy tuviera una pose más parecida a la de un pistolero de un western (chaqueta abierta, mangas cortas, brazos muy abiertos) que un candidato a ser presidente de un gobierno. El aparatoso reloj de Rajoy tampoco supuso un tanto a su favor, ya que siendo una persona acostumbrada a gesticular bastante con las manos, pudo distraer la atención de muchos espectadores en vez de concentrarla en su discurso en alguna parte del debate.
Ambos líderes intentaron aparentar tranquilidad y sosiego, mostrando amplias sonrisas que, en el caso del popular, parecía más forzada que de costumbre. El nerviosismo del que hablamos también estuvo presente en la primera intervención de Rajoy, con miradas que iban desde la cámara hacia su izquierda demasiadas veces. A parte de esto, empezó bien el debate atacando y llevando la iniciativa, sin embargo, Zapatero no entró al trapo e hizo un primer discurso en positivo y con vistas al futuro, tal y como aconsejan los asesores en comunicación: no se debe entrar a las provocaciones del adversario, pues condicionaría su discurso y lo lastraría a lo largo de la noche. Sin embargo, ambos cayeron en este defecto en más de una ocasión a lo largo del debate.
La inseguridad y el nerviosismo también aparecieron en el actual presidente del gobierno. Zapatero comenzó titubeante en los primeros bloques, a veces balbuceando algunas palabras y dando la impresión de no encontrarse a gusto. Interrumpió a Rajoy en muchos momentos y se mostró a la defensiva más de lo debido. Ambos candidatos leyeron sus apuntes en demasiadas ocasiones, una muestra más de incertidumbre y dudas de cara a los espectadores. Pero la muestra más palpable de que ambos partidos habían preparado absolutamente todo pudo verse al final, en el apartado de conclusiones. Ninguna de las dos intervenciones merece llamarse conclusión, ya que no fueron una síntesis de lo ocurrido durante la noche, sino que fueron dos discursos totalmente ajenos al debate. Sin omitir la despedida de Zapatero (Buenas noches y buena suerte) parafraseando al famoso periodista norteamericano Edward R. Murrow, lo más impactante fue el discurso final de Rajoy y su niña, que merece una mención aparte.
La última intervención de Rajoy, probablemente preparada por alguno de sus asesores Pedro Arriola o Antonio Sola, intentaba ganarse el apoyo de aquellos votantes pertenecientes al sector femenino, de los más débiles y apasionados, en vista de que el candidato popular adolece del éxito que sí tiene el candidato socialista entre esos sectores de población. Sin embargo, su mensaje con el ejemplo de la niña que debía estar repleto de pasión, emoción y corazón, que debía dirigirse a las entrañas de los espectadores (como corresponde a cualquier mensaje lanzado durante una campaña electoral), se quedó en un discurso melifluo, cursi, dulzón y empalagoso que no consiguió el efecto esperado. Quiero que la niña que nace en España tenga una familia, y una vivienda, y unos padres con trabajo [...] Quiero que esa niña, nazca donde nazca, reciba una educación que sea tan buena como la mejor, que se pueda pasear por todo el mundo sin complejos, porque sabrá idiomas y tendrá un título profesional que se cotice en todo el mundo. [...] Quiero que sienta un hondo orgullo por ser española, por pertenecer a esa nación tan vieja, tan admirable que le habrá ofrecido las mejores oportunidades, pero que habrá sabido ser exigente con ella para convertirla en una mujer madura y responsable. Además, el hecho de que ni siquiera se hubiera aprendido el texto de memoria, sino que tuviera que leerlo y en algunos momentos casi recitarlo, restó credibilidad a su propuesta. Un discurso elaborado para conquistar corazones, tal vez sólo haya conquistado risas, y no sólo eso, sino que también se haya convertido en un argumento con el que el resto de partidos podrán ridiculizar y caricaturizar al líder popular
En cualquier caso, deberán ser los ciudadanos los que respondan a la pregunta de cuál de los dos candidatos fue el que demostró mayor fortaleza, honradez y cercanía. Estamos seguros de que para la próxima cita, los fallos cometidos en este debate serán limados y corregidos por el bien de sus propios intereses.
Especialista en Comunicación y Gestión Política