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“Si se derrumba el edificio que no vengan el alcalde ni el Ministro del interior como en Santander, que ya será tarde”
Una barricada en el corazón de Madrid: la lucha contra una inmobiliaria

Se hicieron famosas hace seis meses. Se hicieron famosas por la situación que viven desde hace diez meses. Se hicieron famosas por salir en innumerables noticias, artículos o reportajes. “Ya hasta tenemos caché, con esto de salir en la tele”. Pero no dejan de ser noticia. Son las abuelas del Ventorrillo, como se las conoce popularmente, y hemos estado con ellas escuchando su historia.


00:04h. del Miércoles, 19 de diciembre de 2007

Se hicieron famosas hace seis meses. Se hicieron famosas por la situación que viven desde hace diez meses. Se hicieron famosas por salir en innumerables noticias, artículos o reportajes. “Ya hasta tenemos caché, con esto de salir en la tele”. Pero no dejan de ser noticia, pues, como el viejo Madrid, el de “La colmena” de Cela, aguantan, siguen en sus casas pese al acoso y derribo que está realizando la empresa propietaria. Sus redaños, su resistencia, son la noticia. Son las abuelas del Ventorrillo, como se las conoce popularmente, y hemos estado con ellas escuchando su historia.

Texto: José Andrés Fernández Fotografía: Nayade Ruíz

En apenas 20 metros cuadrados hay espacio para una ajada nevera, un televisor, un vestidor, inútil, por el poco espacio con el que cuenta, un dormitorio con una cama en la que reinan una decena de muñecas, una cocina, un retrete eléctrico... y aún sobra espacio para que nos sentemos a conversar con Luisa. Luisa cuenta ya 82 otoños. Tiene seis nietos y cuatro bisnietos. Es una de las vecinas de la corrala del nº 7 de la calle Ventorrillo de Madrid. Esta antigua corrala, que puede presumir, como sus vecinas, con la añeja belleza de la memoria, ha sido comprada por la inmobiliaria Sistema 23, que quiere reformar el edificio para alquilarlo con la gravosa amplitud de lo moderno. “Nos están haciendo la vida imposible. Nos quieren echar para ampliar nuestros pisos y alquilarlos por 600 euros”, nos explica Luisa, quien aún no se ha acostumbrado a manejar la nueva moneda y la repite intentando pronunciarla correctamente. "Cuando niña", nos cuenta, "vivíamos 14 personas en el piso de abajo". Allí, en "el piso de abajo", se instalaron sus padres en plena Guerra Civil, en 1937, y allí permaneció viviendo hasta que por un problema de humedades hubo de mudarse al primer piso firmando un contrato de alquiler según la “Ley Boyer” de 1985, según la cual un propietario puede echar al inquilino avisándole con dos meses de antelación. De momento, su juicio por desahucio está aplazado. [*"Aquí por lo que hay que luchar es por el obrero"*] Aún hoy se altera contándonos la impotencia con la que tenía que presenciar cómo demolían su casa de toda la vida, “el piso de abajo”, y se altera por la incertidumbre que va oprimiendo su actual casa a golpe de piqueta y cortafríos. “Esos días lo pasé bastante mal, porque era como si se estuvieran riendo de mi”. Se altera, y se irrita. Pero no con los obreros, con los que dice llevarse bien, sino con la empresa propietaria: “con los albañiles bien, ellos tienen que comer. Aquí por lo que hay que luchar es por el obrero”. Eso es precisamente lo que están haciendo estas vecinas del barrio de Embajadores, luchar; una “lucha social”, como nos explicó Consuelo, otra de las vecinas.

En la primera planta, junto a la de Luisa, está la vivienda de Adelaida, a quien encontramos afanada en la costura de un regalo para el biznieto que está a punto de nacer. Adelaida es de la misma generación que Luisa; hace unos días cumplió también los 82 años. A ella le han ofrecido un piso por abandonar la finca, aunque no le han aclarado las condiciones del contrato. "Si no hay más remedio tendré que irme, pero sólo si nos dan un piso a todas, eso es lo principal. Aunque yo lo que quiero es nos dejen en nuestras casas". Nos cuenta su historia en esta batalla alternando su relato con otras historias, de años atrás, de otra época. "¡Si aquí cayó hasta un obús durante la guerra!". Después de tantos años, de tantas vivencias y recuerdos, ahora se ve cada vez más lejos de su casa. Este mes no le han pasado el recibo del alquiler, como si ya no viviese allí, y empieza a impacientarse con la situación, aunque ha girado el dinero, para curarse en salud. "Y gracias a que nos están ayudando los periodista". Aunque también nos declara que cuando comenzó esta situación era "reacia" a los periodistas porque ella "no los había necesitado". Y es verdad, pues su caso es distinto al de Luisa. Tiene un contrato de renta antigua, indefinido, y no pueden echarla, por lo que, hasta la fecha, la empresa no se ha referido a ella tras su negativa a aceptar la primera oferta. Mientras hablamos, Luisa llama a la puerta para pedirle la bolsa de basura a Adelaida y bajarla por ella. Ese es el motivo por el que desde el principio está en la lucha por el edificio pese a la "tranquilidad" que le daba su contrato indefinido: sus vecinas. Su madre fue la portera de la finca y ha vivido desde niña en ella, por lo que no quiere dejar a sus vecinas solas. [*"Aquí hemos sido muy felices. ¡Y lo seguimos siendo!"*].

"Yo no pido nada, que me dejen donde estoy", nos explica María. Donde está es una vivienda escasa. Escasa en tamaño, escasa para sus demasiados achaques, escasa para sus muchos años, 74 ya, escasa para su marido, Ramón, enfermo y obligado a estar postrado en cama, escasa para la mucha vitalidad que aún demuestra... pero abundante en daños: grietas en todas las paredes, baldosas levantadas, azulejos desprendidos, goteras, puertas desencajas. [*"Esta gente no nos quiere".*] Su casa estaba perfectamente y ahora cuenta innumerables desperfectos a consecuencia de las obras que está realizando la inmobiliaria. María nació en el edifico. Su abuela fue la primera portera de la finca y también su marido ocupó ese cargo. Mientras nos cuenta estas historias hablan en televisión del desplome de un edificio en Santander que se ha cobrado la vida de tres personas. Inevitablemente María se acongoja mientras explican el suceso, pues la corrala muestra un aspecto bastante vulnerable. "Estamos con un miedo espantoso, no sabemos lo que puede ocurrir". Entretanto, al hilo del revuelo que estas señoras han organizado en defensa de sus derechos, aparecen dos reporteros de televisión para hablar con María. "A lo mejor tenemos un poco de suerte con la ayuda de la gente y de los periodistas", cuenta animada. A los periodistas los acompaña Consuelo, quien les explica a grosso modo la situación que están viviendo mientras nosotros nos despedimos de María.

Esperanza también se refiere al suceso de Santander: [*“Si se derrumba el edificio que no vengan el alcalde ni el Ministro del interior como en Santander, que ya será tarde”.*] Es casi la primera frase que articula, tras las fórmulas pertinentes del saludo, que se centran en el clima, pues a primera hora de la mañana la casa está gélida. En la puerta de su piso, imitando la mayoría de puertas del edificio, una cortina evita las corrientes de aire que se cuelan por las ranuras que han creado las obras. En la salita, Andrea, su hija de 10 años, juega divertida frente al televisor, donde ponen una película de dibujos animados, mientras su madre hace un rápido tour por el piso enseñándonos las grietas de las paredes o las baldosas levantadas. En el dormitorio una enorme marca de humedad preside la pared. La humedad era el principal problema de todo el inmueble, que data del 1900 y forma parte del Conjunto Histórico de la Villa de Madrid y del Área de Rehabilitación Preferente del barrio de Lavapiés. En marzo pasó a manos de la inmobiliaria, que comenzó a desalojar a los vecinos y a reformar los apartamentos vacíos con los demás pisos habitados. Esperanza no tiene los alifafes propios de la edad y las mesas de operaciones del resto de sus vecinas, pero confiesa estar "alterada y muy irritable": “esto es todo tensión”. Un sentimiento de enojo por el pasotismo y la indulgencia de las autoridades que el suceso de Santander no ayuda a ahuyentar de su ánimo. "ETA me tiene aburrida, y con es premisa se están olvidando de otras cosas igual o más importantes". A ella le ofrecieron un "2x1", un piso a cambio de su vivienda y la de su madre, Ángela. Ni ella ni su madre aceptaron y desde entonces comenzó el calvario psicológico de las reformas y los juzgados. "A estas las matamos de un susto y nos las merendamos, pensarían ellos". Llaman a la puerta, por la que irrumpe Ángela huyendo del frío.

Ángela lleva unos días enferma, aunque dice sobrellevarlo bien. "Lo de mi casa lo llevo peor". Nos explica esa oferta que le hicieron por su piso pero dice que para aceptarla habrían de "ofrecérnoslo a todas". Su contrato es de 1925, cuando el piso lo alquiló su abuela, y para ella es más que una simple vivienda. "Si me diesen otra casa yo me perdería. Una vez quisieron entra en mi casa para apuntalar. ¿Y cómo entro yo? ¿De lado? En mi casa no entra nadie sin mi permiso". Cuando ella firmó su contrato el alquiler costaba 65 pesetas y jamás se ha negado a pagar las subidas. "Yo quiero lo que la ley me ampara, ni más ni menos". María José, la hija de María y Ramón llama a la puerta. "Han llamado de un programa de televisión, que quieren hacer un reportaje para Nochebuena, con la cena y todo". Ángela, al igual que todas las vecinas dice estar encantada con la prensa y la televisión. "¡Pero diles que se traigan la cena de verdad, a ver si va a ser de mentirijilla!", dice divertida. Tras prestar un poco de atención a su nieta, quien empezaba a reclamar protagonismo, nos cuenta la situación de otra vecina que al final tuvo que ceder al acoso. La empresa la intimidaba con una amenaza de derrumbe en su casa y cuando pactaron su marcha han instalado en el piso, pese a su "peligro", la oficina de los albañiles que están realizando las obras. [*"Pero el 7 es muy luchador. Defendemos lo que es nuestro. Que vengan si quieren con un tanque, pero con una orden judicial o si no, no entran".*]

Juana está jubilada por enfermedad y vive junto a su hermano. Ella fue quien llamó a la prensa allá por el verano para que contasen el vía crucis que estaban sufriendo, y desde entonces no han parado de llamarlas de distintos programas y de hacerles reportajes. "Todo esto sirve por lo menos para quitarnos la tristeza", nos dice emocionada. Siente un apego especial por su casa, en la cual habita desde 1968. "Llevo toda la vida trabajando y rodando de un lada para otro y esta es la única casa que he tenido de verdad". Como ella misma nos cuenta, no ha vivido una guerra como otras de las vecinas, pero vivió la posguerra, en la que si la situación no acompañaba podía ser hasta peor. "Si salgo de aquí me tienen que dar una casa mientras terminan las obras y asegurarme el retorno a la finca para cuando acaben". Con emoción nos explica el apego que tiene hacia esa finca mientras silba una olla con verduras a la que Juana pasa a prestar atención. Pese a la vitalidad aparente nos cuenta que se encuentra mal anímicamente y que tendrá que ir al psicólogo si la situación no se normaliza. [*"Están tratando de aburrirnos. Tenemos miedo, no sabemos a qué atenernos y eso nos acaba creando inestabilidad y miedo”.*] Al igual que Consuelo, Juana guarda todos los documentos, jurídicos o periodísticos, que van apareciendo al hilo de su caso. “Lo guardo todo para dárselo a un juez si hiciese falta”. Acaba de volver de la oficina de correos. A ella también han dejado de enviarle los recibos del alquiler y también ha ido a girar el dinero.

Las referencias a Consuelo son constantes en todas las viviendas. Y es que Consuelo, como la idiosincrasia atribuible a su nombre hace intuir, es la que da aliento y ánimo a sus vecinas. Su vivienda se encuentra en la tercera planta, junto a las de Esperanza y Ángela, su hermana y su madre respectivamente. La empresa ha vertido todas sus críticas hacia ella y hay quien la acusa de estar aprovechándose de las abuelas del Ventorrillo. “A nosotras no nos tiene dominadas nadie, estamos en una piña para defender lo que es nuestro”, nos explicó María en referencia a Consuelo cuyo caso ya ha ido a juicio y ya la han desahuciado, aunque aún habita en la finca, hasta que se haga un recurso y se pronuncien a favor o en contra. [*“Esto no es una lucha política ni personal, es una lucha social”.*] Ella es la abanderada de esta pelea por la dignidad, de este movimiento que cada vez cuenta con más adeptos. La gente del Ventorrillo ha aprendido de leyes, ha contratado abogados, se ha puesto al día con internet y las nuevas tecnologías, incluso ha organizado una charla sobre especulación urbanística y mobbing, palabra de la que han aprendido el significado a base de experimentarla. Cuentan con el apoyo de V de Vivienda, del Defensor del pueblo, de distintos colectivos políticos… y sobre todo del barrio. Y Consuelo tiene buena parte de culpa de este éxito. Montrándonos una estampita de San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, nos relato su caso, el más complicado de solucionarse. Pero su San Judas Tadeo particular, uno de los abogados de la Cámara Oficial de Inquilinos de Madrid, es optimista, pues cree que la situación de toda la corrala se resolverá antes de que se pronuncien definitivamente sobre su desahucio. La Cámara Oficial de Inquilinos, y en concreto el mismo abogado de Consuelo, lleva también los casos de Ángela, Esperanza y María, amén del de otras muchas personas que encarnan el moderno David vs. Goliat, que no pueden luchar contra las grandes empresas y que no pueden permitirse un abogado tipo, de los caros, esos que para contratarlos exigen algo más que tener buena voluntad y buena educación. Así que la labor de este abogado es algo casi altruista; hay más problemas que dinero, pues habrá que centrarse en los problemas, porque, como dice Luisa “encima, la lotería no nos va a tocar”.


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