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Ricardo Rodriguez
Elogio del hedonismo


08:47h. del Viernes, 20 de abril de 2007

El tiempo es fugaz. Ésta es cosa sabida por los filósofos, los poetas y los fabricantes de ataúdes. Otra vez verdeció la primavera los exiguos campos que no urbanizaron los ayuntamientos ni enladrillaron los constructores. Otra vez resplandecen las flores y nos fastidian las alergias. De nuevo llegó y pasó la Semana Santa. Un año más atormentaron y crucificaron a Jesucristo. Y él volvió a resucitar, al tercer día, como un reloj. Un año más el Sumo Pontífice, en su alocución en la Plaza de San Pedro, fustigó enérgicamente el ateísmo y el materialismo y el relativismo moral de la abominable edad que vivimos. En esta ocasión, Benedicto XVI añadió a las condenas de rigor la humorada de negarse a repudiar la pena de muerte, según le reclamaba una parte del público. Como debe ser. ¿A quién se le ocurre comparar la gravedad de las perversiones del espíritu con la minucia de achicharrar a un ser humano en la silla eléctrica? Hasta ahí podíamos llegar. Cada cosa en su sitio y con su justa medida; sí, señor.

Yo hace mucho que me resigné a contarme entre los casos perdidos para los rectos hombres de fe. Estoy convencido de haber sido ateo, invariable y pertinazmente, desde que tengo uso de razón. Ni siquiera me recuerdo creyendo con sinceridad en dios alguno en ningún momento de mi infancia, aunque pude llegar a cumplir, por imperativo legal, con los ritos que me tocaron, e incluso divertirme haciéndolo. Tampoco guardo en la memoria rastro de nada que pudiese llamarse crisis religiosa, lo cual no deja de ser una desgracia para un escritor, porque ese tipo de experiencias traumáticas pero estimulantes siempre dejan –según me han contado- una especie de baba que para la madurez vale para llenar muchas y muy jugosas páginas. Sin duda, aparte de haber crecido en una familia poco piadosa, una u otra malformación del alma he de arrastrar desde el útero materno (en el tercer mes de embarazo se insufla el alma en el feto, me parece haberle entendido a quien de estas trascendencias está al tanto).

Y tampoco es que la cosa me preocupe demasiado –si seré malvado-. Tengo tan asumido que iré de cabeza al infierno, que me tuesto la tapadera del cráneo al sol siempre que tengo la oportunidad. Por ir acostumbrándome.

Sin embargo, sí que me inquieta, desde hace mucho, que el tradicional odio de la Iglesia católica al materialismo –dentro del que se suele englobar el ateísmo junto a otras funestas desviaciones- se haya ido secularizando y disfrazándose con un nuevo lenguaje. Que el Papa me expulse del orbe de los buenos no me importa. Para eso es el vicario de Dios en la Tierra, y quien manda, manda. Pero la sustitución de los viejos por nuevos catecismos, la suplantación de trillados dogmas por otros aparentemente originales y más pétreos si cabe que los anteriores sí que me ha asustado siempre.

No es que sea cosa de ayer, ni de antesdeayer. Todos los fariseos que en el mundo han sido se han regodeado con la satanización de los materialistas o de los ateos o de los escépticos, o de cuantos se hayan atrevido a desacralizar las grandes ideas por las que se talan vidas, se declaran guerras y se azufran los corazones. Porque el rasgo distintivo del materialista es que ve siempre antes las vidas destruidas que las ideas que se invocan hipócritamente para ensangrentar la tierra. Y, a pesar de ello, la imagen que el fariseo tiene del materialista sigue siendo la del viejo huraño y con cara de vinagre que da con la puerta en las narices a los niños pobres que fueron a cantarle villancicos. El materialista encarna el egoísmo, no tiene moral ni principios ni conoce la ternura; es un hedonista vulgar.

Y el fariseo que tales cosas dice creer no siempre lleva sotana, y hasta se puede llevar sotana sin ser fariseo. Se le reconoce, como a cualquiera, por sus obras y no por su atuendo. Son fariseos los soberbios teóricos del neoliberalismo que claman contra las nacionalizaciones de recursos llevadas a cabo en Venezuela o Bolivia porque contravienen la ortodoxia de la Escuela de Chicago, cuando la experiencia real de los pueblos de América Latina es que el dogma neoliberal aplicado a rajatabla por los gobiernos les sumió en un terrible pozo de miseria durante décadas. Eran fariseos los burócratas soviéticos que convirtieron el marxismo en un esclerótico engendro, que hubiese horrorizado a Marx aunque lo llamaran «materialismo dialéctico», y lo elevaron a la categoría de casi revelación divina, pertrechada de principios abstractos que todo lo abarcan y todo lo ordenan –o sea ni materialista ni dialéctico. Y lo son, fariseos, quienes dicen Patria cuando debieran decir «mis negocios», tanto como quienes imploran por la libertad de todos para preservar sus privilegios de esclavistas.

La historia, sin embargo, nos la han contado siempre al revés. Durante siglos se presentó a Epicuro como un degenerado, y luego supimos que había sido un hombre razonable y de austeras y moderadas costumbres, cosa de la que desde luego no podía presumir el muy estoico Séneca. Igual se satanizó a los materialistas franceses que en el siglo XVIII se empeñaron en la titánica tarea de recapitular el conocimiento humano en la Enciclopedia para extirpar la ignorancia del pueblo llano y forjar una sociedad justa, de ciudadanos críticos y libres. Lo contrario a la generosa entrega de los enciclopedistas era y es el obsceno lujo del Vaticano. Ya dijo Aristóteles que la riqueza, lejos de ser la recompensa de la virtud, dispensa de ser virtuoso.

Y es que el materialismo bien entendido, aparte de consideraciones doctrinales, es las más profunda y radical forma de humanismo. Es el realismo sin excusas de quien no se escuda en una nación, ni en un partido, ni en credo alguno para no verle la jeta a su semejante. Y, como no hay más mundo que éste que nos enseñaron a temer como valle de lágrimas, y como no existe idea alguna que merezca más la pena que las que sirven a la prosperidad de los seres humanos de carne y hueso, es justamente la búsqueda de la felicidad humana, de la felicidad de todos, la más noble e importante empresa que una persona puede proponerse. Bien está, además, que quien se esfuerza por conquistar la dicha para los otros –el placer, ¿por qué no llamarlo así?-, aprenda de paso a alcanzarla para sí mismo. Porque el gran mal que aqueja hoy a la abrumadora mayoría de la población del planeta no es su desmandada propensión al hedonismo, sino que pasa hambre. No sobra recordarlo para los predicadores de virtudes teologales de la izquierda, que también abundan, por desgracia.

Pablo Lafargue, autor de aquel delicioso librito titulado «El derecho a la pereza», hoy tristemente caído en el olvido, escribió que no es ningún género de ideal abstracto el fin de la revolución, sino «trabajar lo menos posible y gozar intelectual y físicamente lo más posible».

Pues... eso.


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