Debo pedir disculpas a La República y a sus lectores por haber situado unas declaraciones del ex-presidente José María Aznar en un supuesto viaje a Rusia ("Negociar con terroristas", 30 de enero) , cuando lo cierto es que la visita que realmente se produjo fue la de Vladimir Putin a Madrid. Esta necesaria puntualización no altera, no obstante, la sustancia del asunto, y a fuer de ser precisos hay que recordar que las palabras con las que el entonces presidente español exculpó a su colega ruso de la gestión del secuestro y matanza del teatro de Moscú fueron inequívocas: "Las alternativas no podían pasar por ’dar la razón’ a los terroristas dispuestos a morir hasta el final y llevarse por delante a quien sea necesario", mientras que los 117 rehenes muertos con los que se "saldó" la operación dejaban, para el presidente español, "un poso de amargura". La concepción que subyace a la conjunción de ambos planteamientos es rotunda y difícilmente se presta a distorsiones: sería una perfecta ingenuidad por parte del público suponer que el fin primero de la operación de rescate era salvar la vida de los cautivos: ésto, sin dejar de tener importancia, se subordinaba a la necesidad primaria de "no dar la razón a los terroristas". Dejando a un lado la distorsión que supone el dar entrada a instancias aparentemente tan ajenas al contenido del asunto como "dar" y "quitar" razones (bipolaridad que, en la práctica, en nada se diferencia de la dicotomía ganar/perder, que no ha dejado de ser una y otra vez mentada en relación con las recientes negociaciones con ETA, sin que, nótese bien, sea la salvaguarda de la vida de las víctimas la que conforma el criterio por el que la operación se convalida por derrota o victoria), lo que, en la práctica, representa la concepción defendida por el entonces presidente no puede soslayarse ni con la mejor de las intenciones: la operación fue un triunfo porque la legítima autoridad del Estado no salió dañada de un eventual entendimiento con los terroristas, en tanto que la suerte de aquellos que tendrían que haber sido salvados dejaba un "poso de amargura" similar al que, en la guerra moderna, dejan los llamados "daños colaterales". Una ética muy similar a la del justiciero, que en su obsesión por no dejar escapar impune al criminal está dispuesto incluso a sacrificar la vida de la víctima. Tal vez se deba a personales prejuicios que sería largo consignar, pero creo que la postura del Partido Popular en las negociaciones con ETA tiene mucha relación con lo aquí planteado.
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