Nos despertábamos este jueves con la noticia insultante de que la SGAE reclama 95 euros a un instituto de A Coruña para representar Bodas de sangre. Para quien no se haya hecho eco de la noticia se la resumiré: la Sociedad General de Autores y Editores exhorta al instituto de Educación Secundaria Ramón Menéndez Pidal-Zalaeta de A Coruña a abonar la cantidad de 95 euros como canon para que sus alumnos puedan representar Bodas de Sangre, de Federico García Lorca, alegando que los derechos de la obra pertenecen a una compañía privada -aunque no ha comunicado de qué compañía se trata- pese a que el centro ha indagado y descubierto que los derechos los tiene el Centro Dramático Nacional, el cual no ha puesto ningún obstáculo a la representación. Así pues, el instituto confía en que el Ayuntamiento permita finalmente llevar a cabo la escenificación, tras recibir la autorización de los dueños de los derechos, y, el propio instituo, profesores, padres y alumnos han mostrado su indignación por el trato de la SGAE, la cual no ha especificado "en calidad de qué ni para qué" reclamaba los 95 euros.
La indignación es libre, y cada cual puede ejercitarla como le plazca. Yo, ante todo, me indigno por tratarse de teatro de lo que hablamos, por pertenecer la obra a Lorca, siendo así Patrimonio Cultural -con mayúscula- del país, y por el menoscabo que esto supondría para nuestro sistema educativo. Aunque las investigaciones del instituto desmientan que los derechos de la obra pertenecen a una compañía privada, hagamos un alarde de imaginación y otorguémosle el beneficio de la duda a la SGAE, esa entidad casi etérea y equiparable al fisco en tanto que pretende recaudar impuestos de cualquier actividad inherente a la propia existencia -en este caso la inquietud cultural-. Bueno, en el supuesto de que las alegaciones de la SGAE fuesen ciertas y de ellas se desprendiesen sus ínfulas de "remuneración compensatoria por copia privada", ¿es equiparable el canon que se le puede aplicar a una película de nuevo cuño -cuyos beneficios, en buena parte, no toda, sí dependen de la taquilla- con la representación de una obra de teatro en el Fórum Metropolitano, donde se pretende representar la obra? Pero, además, no se trata de una obra cualquiera, sino de Bodas de sangre, con lo que ésta es, lo que supone para con el acervo popular, teniendo en cuenta quién la escribió, quienes silenciaron a dicho autor... Y no sólo eso, sino que a quienes se les priva así de representar, conocer e interiorizar esta parte de la historia y la cultura española es a un grupo de escolares, en edad escolar por lo tanto, y, así pues, de mamar -por derecho y por imperativo- ésta y toda la cultura, de interesarse por, de aprenderla, de aprender a quererla y de ser influenciados por ella.
Subyacen aquí dos realidades igual de impugnables y peligrosas. La primera de índole formativa: si se ponen trabas a los jóvenes para aprehender -que no sólo aprender- cierta base cultural, no nos escandalicemos mañana si votan a los mismos que les impiden hoy culturizarse. Y segundo: teniendo en cuenta la idea que se extiende de financiar los instituos en función de méritos arbitrarios -como pueden ser los exámenes censales a 3º de la E.S.O.- en lugar de valorar su función social o integradora, no será de extrañar que los institutos, por un lado, se olviden del arte y la formación de los alumnos en aras de la recompensa y, por otro, que aquellos que no lo hagan y se preocupen de inculcar ciertos valores e inquietudes, no queden muy bien colocados en el ránking con el que se mide su progreso o su necesidad, por lo que habrán de elegir entre invertir en ciertas necesidades apremiantes o en actividades culturales; evidentemente elegirán las necesidades básicas y soslayarán la gravante formación cultural y personal del alumno, lo que les supondrá un menor nivel y un menor -o nulo- premio con el que pagar la cultura -¡pagar cultura!, incluso en la hipótesis y la hipérbole se me hace inconcebible- y, de nuevo, obtener peor calificación y peor financiación... Y así en un bucle eterno, un círculo vicioso partero de un chabolismo académico que será un mal endémico de las futuras generaciones.
Ahora bien, en contraposición a estas fabelas, existirán grandes palacetes escolares que podrán permitirse el acceso a cualquier hecho intencionadamente tildado de cultural. El que inviertan en ello o no es harina de otro costal. Recuerdo ahora cierta entrevista en el diario Público a Isabel Gutiérrez, vicerrectora de grado de la Universidad Carlos III de Madrid, a propósito de la adaptación al Plan Bolonia, donde venía a defender que la financiación que recibían las universidades era más que suficiente para el gasto extra que supone la aplicación del plan, y su universidad era prueba de ello, ahora bien, ellos habían dedicado el dinero a las reformas en lugar de invertirlo en libros. A fin de cuentas, lo que esta señora vomitó, sin arcada previa -entre otras muchas barbaries e insultos a la inteligencia y probidad de los antibolonia- es el quid de la cuestión, lo más insultante de todo este asunto: es acercar la formación, el arte y la cultura a la productividad empresarial, a la eficiencia económica, a la susceptibilidad de la especulación, a la alienación... es quitarle el alma a Bernarda Alba, a la Luna lorquiana, al propio Lorca y todo el arte en general. "Jugar" con el trabajo de los artistas es un tema sobre el que debatir, pero no el principal; éste es la hipoteca que se le está creando a la sociedad española al hacerle pagar peajes en cada viaje que da por las llamadas autopistas de la información que han colapsado el actual modelo de sociedad.
Hay que indignarse por quienes son los que se reparten el dinero de la SGAE, sin duda, pero en este caso concreto, es más enervante el motivo por el que pretenden llevárselo. Hay temas demasiado capitales como para incluirlos en la lógica empresarial y utilitarista de nuestros días, temas con los que no se juega: sanidad, cultura e información. Y si para la primera se están creando carnets de socio -sólo hace falta ver las últimas medidas de Esperanza Aguirre, verbigracia- los peajes y aduanas de la autopista de la comunicación y la desinformación están haciendo imposible acceder a la cultura.
Espero ahora que todos los artistas vocales del "clan de la ceja", quienes se levantaron en su día para "Defender la alegría", vociferen contra esta sinrazón al tocárseles parte de lo suyo, al intentar enajerar una expresión cultural de esta índole. ¿Qué opinará de este intento de expolio por ejemplo Serrat, investido doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid por su labor en la difusión de la poesía española y latinoamericana, o ganador, entre otros muchos, del Premio Nacional de las Músicas Actuales por "poner música al servicio de los grandes poetas"? No le pido que bareme abiertamente el canon y la SGAE en su justa medida, no vaya a ser que haya un ajuste de cuentas y acabe cayendo en el ostracismo -perdón por el símil mafioso, pero, hablando de la SGAE y el PPSOE... -, pero algo tenrá que decir, ¿no? Estoy seguro de que otras sectas sí intervendrían si se atacase a sus apóstoles y su palabra, ¿o qué piensan que diría la Conferencia Episcopal si cada parroquia hubiese de pagar al citar las Sagradas Escrituras?