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Javier Figueroa Ledón
Río, entre pobres y poderosos


01:30h. del Miércoles, 30 de diciembre de 2009

Los gritos de ¡Río! ¡Río! ¡Río! se entremezclaron con el sonido de los tambores y las trompetas en las calles de la periférica favela Rocinha cuando los medios de comunicación publicaron la noticia de que Río de Janeiro sería la sede de los Juegos Olímpicos del 2016. En ese instante la alegría se extendió desde los cuartos y madrigueras de los suburbios hasta las cantinas y plazas de los barrios residenciales. Las cadenas de televisión mostraron el júbilo de miles de personas reunidas en la playa de Copacabana, mientras en la capital de Dinamarca, Copenhague, el mismísimo presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, apretaba las manos de su compatriota Edison Arantes do Nascimento (Pelé). Nunca antes un país sudamericano había alcanzado semejante premio y el orgullo nacional se evidenció en todos los rincones de la geografía carioca. Copenhague significaba el triunfo de los países pobres sobre los ricos, pues ciudades como Chicago, Tokio, y Madrid quedaron en el camino. Ni la presencia, en la cita danesa, de importantes personalidades de la política incidió en el resultado. El mandatario de Estados Unidos, Barack Obama, recogió las maletas temprano y regresó a Washington. Lo mismo hicieron los representantes de la candidatura nipona, entretanto el jefe del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero y el Rey Juan Carlos de Borbón se mantuvieron hasta el último minuto. En la elección final, Río obtuvo 66 votos y Madrid solo llegó a los 32. De esa forma, Río de Janeiro se convertía en la segunda urbe latinoamericana en alcanzar la sede de unos Juegos Olímpicos, después de México en 1968.

Sin embargo, tras los festejos iniciales muchos cuestionaron la capacidad de Brasil para desarrollar un evento deportivo de tal magnitud. Según cifras preliminares, la cita del 2016 costaría al Gigante Sudamericano unos ¡14 800 millones de dólares!, y es posible que ese número aumente a medida que se acerque la fecha.

El gasto inicial de los Juegos Panamericanos de 2007 se estimó en 200 millones de dólares y concluyó por encima de los 2000 millones. ¡Y todavía faltan las cuentas de la Copa Mundial de Fútbol de 2014 que se desarrollará en varias ciudades de esa nación!

Un informe publicado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), indica que en estos momentos uno de cada cuatro brasileños vive en la pobreza y un 7,3 por ciento de la población califica como indigente. Además -continúa el documento- el país enfrenta una permanente lucha contra la violencia, la corrupción y el tráfico de drogas. Los detractores de la sede del 2016 alegan que las instalaciones deportivas romperán el diseño arquitectónico de la ciudad y que el daño al medio ambiente será irreparable. Asimismo, advierten que el gobierno incrementará los impuestos, una vez que finalice el evento, para mantener las construcciones y el salario de los empleados. A ello se suma el gasto en materia de seguridad y el despliegue de tropas hacia las áreas de competencia. Pero, aquellos que defienden la designación de Río afirman que este evento brindará un impulso a la economía nacional, pues el sector turístico, las líneas aéreas, los pequeños y grandes negocios, y los propios habitantes serán partícipes de las ganancias. De esa manera, el mundo conocerá sobre el avance financiero y tecnológico de un país en crecimiento. Y esa imagen paradisíaca cuesta.

Para nadie es un secreto que detrás de las Olimpiadas se esconden intereses mercantiles y políticos, y que el espectáculo deportivo, desde hace muchos años, pasó a un segundo plano. Tal parece que la evaluación de esos encuentros cuatrienales depende más del derroche creativo de los organizadores que de las hazañas de los propios atletas. Sobran los ejemplos. Pese a las críticas, Río de Janeiro encarna el sueño latinoamericano de lo posible y reabre un camino que se inició en México a fines de la década de los sesenta del siglo pasado.

El fracaso de los poderosos en Copenhague demuestra que el «monopolio» de los Juegos se desmorona ante la crisis económica actual y reafirma la hipótesis, a veces dudosa, de que el Sur tiene oportunidades. Y cuando aún restan casi seis años para que la llama olímpica ilumine por vez primera la noche sudamericana, los habitantes de la favela Rocinha y los inquilinos de los barrios residenciales de Río acarician la posibilidad de ser protagonistas de un hecho trascendental en la historia del Continente. Quizás, en esta ocasión, los pobres también puedan.


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