El 7 de diciembre es una fecha que
nunca pasará desapercibida para el pueblo de Cuba. Ese mismo día, pero
de 1896, cayó combatiendo en San Pedro, Punta Brava, el Lugarteniente
General del Ejército Libertador Antonio Maceo Grajales y su ayudante,
el capitán Panchito Gómez Toro, hijo del General mambí Máximo Gómez.
Treinta y ocho años después y en la misma ciudad que el Titán de Bronce

Santiago de Cuba- nacía Frank Isaac País García, destacado luchador
clandestino contra la tiranía batistiana. Y el 7 de diciembre de 1989,
hace ya veinte años y 93 después del primer hecho aludido en este
escrito, culminó en toda Cuba la Operación Tributo.
Ésta
operación consistió en el traslado a la Isla de los restos mortales de
más de 2.000 internacionalistas cubanos caídos en misiones en África.
En medio de una gran conmoción, los combatientes repatriados fueron
inhumados en los Panteones de los Caídos, acondicionados para la
ocasión en cada uno de los 169 municipios del país –a cada uno en su
lugar de origen, aunque el acto central fue celebrado en el Cacahual,
lugar donde descansan los restos de Maceo y Gómez Toro-. Previamente,
en el cementerio de la Misión Cubana en Angola, los especialistas del
Instituto de Medicina Legal habían hecho un extraordinario y exhaustivo
trabajo de identificación y preparación de los cadáveres.
Pero, como no podía ser de otra manera,
tan magna y emotiva jornada tuvo sus antecedentes que, por su enorme y
positiva trascendencia, así como por el descarado empeño por parte del
imperio en ocultarlos y tergiversarlos, bien vale la pena recordar.
La Revolución Cubana no sólo se
consagró a su propia defensa -ahí tenemos el caso de Playa Larga y
Playa Girón, donde en abril de 1961 y en sólo 66 horas, el Ejército
Rebelde y las Milicias liquidaron la invasión mercenaria apoyada y
financiada por el gobierno de los Estados Unidos-, también se dedicó a
prestar ayuda –siempre altruista- a infinidad de causas justas en
numerosos países de África y de América Latina.

Por la República Popular de Angola, en el transcurso de los casi dieciséis años que duró la “Operación Carlota”, [1]
llegaron a pasar 377.033 combatientes cubanos. Esta nación, presidida
entonces por el dirigente del Movimiento Popular para la Liberación de
Angola –MPLA-, Agostinho Neto, solicitó la ayuda cubana para defender
su soberanía frente a la agresión sudafricana. Agresión invasora que
estaba apoyada por la contrarrevolución interna y la ayuda espiritual y
material de Estados Unidos. Los yanquis –siempre tan deshumanizados-
suministraron, a través de Sudáfrica, infinidad de armamento a la Unión
Nacional para la Independencia Total de Angola –UNITA-, organización
liderada por Jonas Savimbi que arrasaba aldeas enteras y asesinó a
cientos de miles de civiles, incluyendo mujeres y niños. El Frente
Nacional para la Liberación de Angola –FNLA-, cuyo mercenario dirigente
era Holden Roberto, también recibió ayuda norteamericana y actuaba de
idéntica manera.
Estados Unidos sabía perfectamente,
además, puesto que ellos las suministraron a través de Israel, que el
régimen fascista y racista de Sudáfrica contaba con la posesión de
siete armas nucleares similares a las que ellos lanzaron sobre
Hiroshima y Nagasaki. Con la esperanza, quizá, de que hicieran uso de
ellas contra las tropas cubano-angolanas, el imperialista gobierno no
dijo nada.
No está de más recordar que, con esta
misión internacionalista, Cuba contribuyó de manera decisiva a rechazar
las embestidas bélicas del enemigo externo, a que la ONU aprobara
–mediante la aplicación de la resolución 435- la independencia de
Namibia -última colonia del África negra- por la que tanto luchó la
Organización del Pueblo de África Sudoccidental –SWAPO-, a la
liberación de Zimbabwe… y a que se derrumbase el Apartheid en Sudáfrica
y se “rompieran” los cerrojos que mantuvieron encarcelados por
más de un cuarto de siglo a Nelson Mandela y a otros compañeros del
Congreso Nacional Africano -ANC.
El compañero Fidel definió muy bien el
carácter desinteresado de la intervención cubana, diciendo que, una vez
cumplida la misión que les llevó a tierras tan lejanas, las fuerzas
internacionalistas se retiraron sin llevarse otra cosa del África que
los restos de sus compañeros caídos –2.077-; mientras que los
principales países capitalistas tenían importantes inversiones e
intercambiaban miles de millones de dólares cada año comerciando con el
régimen racista.
El
10 de enero de 1989, cuando en gesto de buena voluntad Cuba adelantaba
el regreso de 3.000 combatientes -antes de la fecha acordada con las
Naciones Unidas, el primero de abril de 1989-, un hervidero de niños,
mujeres y hombres salieron a las calles con emocionado semblante –y
abundantes lágrimas- para despedirles y agradecerles la ayuda prestada.
Y no sólo en cuestiones militares Cuba
echó una mano muy importante al pueblo angolano. Paralelamente, entre
1976 y 1991, 42.510 colaboradores civiles cumplieron misiones en este
país africano. Entre ellos se encontraban trabajadores de la salud
pública –médicos, estomatólogos, enfermeros, farmacéuticos, técnicos de
laboratorio, especialistas en reparaciones de equipos e instrumental
médico…-, que prestaron sus valiosos servicios en los más remotos
rincones del país; realizando campañas de vacunación, de higienización,
de educación para la salud… y erradicaron brotes de epidemias como el
cólera, por ejemplo.
Por su parte, los trabajadores de la
enseñanza impartieron clases de primaria en cientos de escuelas, además
de que numerosos profesores también se dedicaron a la enseñanza de
otros niveles, incluido el universitario. Mientras esto sucedía en
Angola, en Cuba se graduaron cerca de 8.000 angolanos en los niveles
medio y superiores.
En cuanto al sector de la construcción
se refiere, uno de los más numerosos de la colaboración cubana, sus
trabajadores construyeron buena cantidad de puentes para el
restablecimiento de las vías de comunicación terrestre, así como
viviendas, escuelas, fábricas de cemento, etc.
Además de estos, la colaboración civil
también abarcó otros sectores como el forestal, la agricultura, la
pesca, la marina mercante, el transporte, la energía, el deporte…
No olvidemos tampoco que estas misiones
fueron realizadas bajo las difíciles condiciones de un país en guerra.
En la ciudad de Huambo, la UNITA llegó a colocar un coche-bomba frente
al céntrico edificio donde se albergaban cientos de cooperantes. Quince
obreros de la construcción perdieron la vida a resultas de la
explosión. En respuesta, 200.000 trabajadores del mismo gremio, en
Cuba, llenaron planillas inscribiéndose para sustituir a sus hermanos
caídos.
El 11 de enero de 1989, cuando el
general de ejército Raúl Castro recibió al primer grupo de combatientes
que regresaba a Cuba, dijo que “hijos de esas tradiciones son también
los trabajadores civiles, entre ellos médicos, constructores y
maestros, que por decenas de miles han trabajado abnegadamente en aras
del bienestar y la felicidad del pueblo angolano y no pocas veces se
tornaron soldados y empuñaron resuelta y heroicamente las armas”.
Y era verdad. Como los miembros de las
fuerzas armadas no podían estar en todas partes, bajo la dirección del
Comando Unificado de Defensa Popular que se creó, los cooperantes
civiles estaban entrenados y equipados con armamento de infantería.
En la ciudad de Sumbe, por ejemplo,
cuando sus pacíficos habitantes disfrutaban de las tradicionales
fiestas carnavalescas, 230 cooperantes cubanos, de los cuales 43 eran
mujeres, se vieron en la necesidad de empuñar las armas. Junto a sus
compañeros angolanos –entre ambas nacionalidades sumaban 460
efectivos-, hicieron frente y repelieron la agresión de la UNITA que
trataba de secuestrar a los propios cooperantes, finalmente retirándose
sin conseguirlo. Siete cubanos cayeron como consecuencia de la heroica
defensa.
Volviendo a la participación
estrictamente bélica, decir que importantes fueron las batallas de
Quifangondo y Cabinda. El líder y mercenario del FNLA, Holden Roberto,
había anunciado que tomaría Luanda –en poder del MPLA- el 10 de
noviembre de 1975, víspera de la fecha acordada para proclamar la
independencia de Angola.
Para esa anunciada toma Roberto contaba
con 2.000 angolanos de su sanguinario ejército, así como con 1.200
soldados zairenses -por aquel entonces, la actual República Democrática
del Congo se llamaba Zaire- suministrados por Mobutu –principal aliado
del FNLA y también de Estados Unidos-, unos 120 mercenarios portugueses
y unos cuantos asesores sudafricanos y estadounidenses. Pero en la
citada fecha, a trece millas al norte de la capital, en Quifangondo,
una fuerza numéricamente inferior de guerrilleros del MPLA respaldados
por artilleros cubanos, puso en fuga a los atacantes.
En Cabinda sucedió algo parecido. El 8
de noviembre, los mercenarios, las tropas de Mobutu –quien buscaba
anexionar Cabinda a Zaire- y el Frente para la Liberación del Enclave
de Cabinda –FLEC- lanzaron un ataque.
Defendido el enclave por alrededor de
1000 miembros de las Fuerzas Armadas Populares para la Liberación de
Angola –FAPLA, transformación de las fuerzas guerrilleras del MPLA en
ejército regular- y 232 cubanos, en las primeras horas del 12 de
noviembre, ya con Quifangondo asegurado y declarada la independencia,
los defensores pasaron a la ofensiva y en pocas horas, zairenses,
mercenarios y soldados del FLEC se retiraron totalmente desorganizados
por la frontera de Zaire.
Conseguida por fin su independencia,
Angola fue admitida en la Organización de la Unidad Africana –OUA- como
su Estado miembro número veintisiete, abandonando los sudafricanos sus
últimas posiciones en el sur de Angola el 27 de marzo del año siguiente.
Tres días después, el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas condenó la agresión de Sudáfrica a la
República Popular de Angola. Con esta situación tan favorable, el
gobierno de Agostinho Neto y Cuba acordaron disminuir el personal
militar cubano durante los años 1976, 1977 y 1978 hasta retirar todas
las tropas y dejar sólo a los instructores.
Sin embargo, diversos acontecimientos
acaecidos cuando ya se estaba cumpliendo el plan de retirada –un tercio
de los 36.000 efectivos que operaban en aquel momento ya habían
regresado a Cuba- obligó a detenerlo.
A principios de marzo de 1977, sin el
consentimiento del presidente Neto y atravesando la frontera Este con
Zaire, fuerzas del Frente de Liberación Nacional Congolés –FNLC- se
introdujeron en Zaire en guerra abierta contra el tiránico régimen de
Mobutu. Esta incursión, conocida como “la primera guerra de Shaba”, se
detuvo a finales de mayo con la derrota de los katangueses, que por ese
nombre se les conocía a los guerrilleros de FNLC, retornando estos a
territorio angolano de manera precipitada. A esta derrota katanguesa
contribuyeron de manera importante los 1.500 soldados marroquíes
transportados por Francia que acudieron en ayuda de Mobutu.
Fueron tres meses de gran tensión para
los cubanos y angolanos, temiendo que la incursión de los katangueses
fuera respondida con un ataque de Zaire a la República Popular de
Angola.
Por otra parte -y esto ya fue un
problema interno- el 27 de marzo, una plataforma ultraizquierdista que
perseguía el objetivo de conquistar el poder, atacó el Palacio
Presidencial, tomó la sede de Radio Nacional de Angola, ocupó la cárcel
de San Paulo y provocó el levantamiento de la Novena Brigada de
Infantería de las FAPLA en la capital.
Por orden de Neto, el Batallón
Presidencial, al cual asesoraban varias decenas de cubanos, rechazó el
asalto al Palacio y recuperó la emisora de radio.
Entendiendo los jefes de la rebelión
que la respuesta dada a sus ataques era eficaz y contundente,
abandonaron sus posiciones llevándose de rehenes a dirigentes del MPLA
y de las FAPLA, a quienes cruelmente asesinaron.
En cuanto a los racistas sudafricanos,
no resignados con su expulsión de territorio angolano, se dedicaron
durante los dos primeros años a violar el espacio aéreo de la RPA y a
realizar incursiones terrestres con el pretexto de perseguir a los
combatientes de la SWAPO.
Así, por ejemplo, el 4 de mayo de 1978,
como a las siete de la mañana, más o menos, aviones de la Fuerza Aérea
Sudafricana iniciaron un criminal bombardeo contra el campamento de
refugiados namibios de Cassinga, ubicado a unos 250 kilómetros de la
frontera. El resultado del sangriento ataque fue de 600 refugiados
muertos y 350 heridos graves; la mayoría de ellos ancianos, mujeres y
niños.
Bajo el intenso ataque aéreo y con
infinidad de minas colocadas por el enemigo en todo el trayecto, las
fuerzas cubanas acantonadas en Chamutete, a quince kilómetros al sur de
Cassinga, lograron aproximarse al campamento. Este avance, realizado en
combate desigual por los internacionalistas, puso en fuga a las tropas
sudafricanas. La intervención de los cubanos, sin embargo, no resultó
gratuita: dieciséis de ellos perdieron la vida y 76 resultaron heridos.
Poco después, niños sobrevivientes de
este masivo asesinato y otros muchachos que habitaban en el sur de
Angola, fueron llevados a Cuba, fundándose con ellos la primera escuela
de la SWAPO en la Isla de la Juventud –curiosamente, la actual
embajadora de Namibia en Cuba fue uno de aquellos niños.
Este nefasto acontecimiento puso de
manifiesto que Sudáfrica, junto a la UNITA del sanguinario Savimbi y
por supuesto que con la condicional y miserable ayuda de Estados
Unidos, volvía a la ofensiva para tratar de conseguir sus perversos
propósitos.
Sobra decir que el cambio tan adverso y
repentino provocó la anulación del plan de retirada que ya se estaba
produciendo, llegándose a aumentar incluso el número de
internacionalistas en territorio angolano a partir de los citados
acontecimientos.
Y creo que no debería finalizar esta
breve reseña bélica sin nombrar a Cuito Cuanavale, antigua base aérea
de la OTAN, donde entre enero y marzo de 1988 se desarrollaron los
combates decisivos para lograr la victoria sobre la coalición África
del Sur-UNITA. Esta victoria militar repercutió favorablemente en el
proceso de negociaciones comenzado a mediados de 1987. En el plano
militar las fuerzas cubano-angolanas fueron muy superiores, sobre todo
tras los citados combates de Cuito Cuanavale, donde se contó con la
ayuda de destacamentos namíbios. Por eso mismo -y no por buena gente-
los enemigos de la República Popular de Angola acabaron firmando lo que
no deseaban. Viéndose militarmente perdidos, y tragándose la habitual
prepotencia que les caracteriza, no les quedó otra alternativa que
hacerlo.
Los acuerdos de Paz para el Suroeste de
África fueron firmados por Sudáfrica, Angola y Cuba en la sede de la
ONU, en diciembre de 1988. Estados Unidos participó como mediador,
aunque, en realidad, por ser un aliado del régimen del apartheid, les
correspondía sentarse junto a los sudafricanos.
“El jefe de los negociadores
norteamericanos, subsecretario de Estado Chester Crocker, durante años
se opuso a que Cuba participara [...] En un libro de su autoría sobre
el tema fue realista cuando, refiriéndose a la entrada en la sala de
reunión de los representantes de Cuba, escribió: ‘la negociación estaba
a punto de cambiar para siempre’.
El personero de la administración
Reagan sabía bien que con Cuba en la mesa de negociaciones no
prosperarían la burda maniobra, el chantaje, la intimidación ni la
mentira” –el entrecomillado es de Fidel.
Y ya que hablamos de África, voy a
extenderme un poco más. La primera intervención de Cuba en este
castigado y explotado continente [2] comenzó con el
viaje de Jorge Ricardo Masetti a Túnez. Enviado por Cuba en octubre de
1961, con un mensaje que ofrecía ayuda al Frente de Liberación Nacional
de Argelia, este mensajero se reunió con los líderes rebeldes que
luchaban por la independencia de Argelia desde 1954. Como resultado de
la reunión se convino que Cuba enviara armas. Efectivamente, en
diciembre del mismo año el barco cubano Bahía de Nipe zarpó de La
Habana con abundantes armas para desembarcarlas en Casablanca. Desde
esta ciudad marroquí, en enero de 1962 fueron transportadas al
campamento del FLN próximo a Oujda, cerca de la frontera argelina.
De regreso a La Habana, el Bahía de
Nipe levó anclas con 78 guerrilleros heridos y veinte niños de
campamentos de refugiados, huérfanos en su mayoría.
Pocos meses más tarde, el 3 de julio de 1962, Argelia consiguió su independencia de Francia.
Después, ya como primer ministro de
Argelia y aprovechando su estancia en Nueva York para asistir a la
ceremonia de admisión de su país en las Naciones Unidas, Ahmed Ben
Bella viajó a Cuba. Esta visita se realizó el 16 de octubre de 1962 y
llegó desde Estados Unidos a bordo de un avión cubano, tras
entrevistarse con Kennedy que lo recibió en Washington. Agradeció a
Cuba la ayuda prestada y apoyó a la, por aquel entonces, todavía joven
Revolución. Valientes comentarios y valiente viaje que, como cabía
esperar, no agradó ni un ápice al inquilino de la Casa Blanca.
Recordemos que aquellos fueron momentos muy tensos entre Cuba y Estados
Unidos, y que un día después de la mencionada visita se desató la
Crisis de Octubre, la de los famosos misiles.
Y así fue pasando el tiempo. No mucho
después, el 24 de mayo de 1963, llegó a Argelia una misión de médicos
cubanos. A este país magrebí le pasó un poco como a Cuba. De los
escasos médicos que había en su territorio la mayoría eran franceses, y
muchos de estos se fueron a sus lugares de origen recién estrenada la
independencia.
No fue muy amplio el personal médico
enviado por el gobierno cubano –45 hombres y diez mujeres- puesto que,
como ya he señalado, tampoco en Cuba por aquellas fechas se contaba con
muchos médicos. Sin embargo, sí creo que deberíamos subrayar cómo un
país subdesarrollado –Cuba- ofreció ayuda totalmente gratuita a otro
país –Argelia- con una situación todavía más complicada en ese sentido
que la cubana.
En realidad, si después de hablar de
Angola me he extendido un poco con Argelia lo he hecho porque,
precisamente en este país y en la fecha ya señalada, Cuba inició las
misiones internacionalistas de civiles que ya he comentado hace unas
líneas y que nunca interrumpió, ni siquiera en los peores momentos del
período especial. A partir de la experiencia argelina, estas misiones
fueron en rápido aumento beneficiando de forma totalmente altruista a
buena cantidad de países hermanos.
Y si esta fue la primera colaboración
civil de Cuba revolucionaria en el mundo, el primer envío de personal
militar al continente africano fue también con destino a Argelia.
Antes dije que se enviaron armas para
apoyar a los rebeldes en su lucha por la independencia. En esta segunda
ocasión a territorio argelino llegaron armas y combatientes –en total
sumaron 686 efectivos.
Durante el verano de 1963, Marruecos
quiso trastocar la frontera con Argelia para apoderarse de las minas de
hierro de Gara Yebilet, algo que las autoridades argelinas lógicamente
no permitieron. No llegando a ningún acuerdo, las armas se erigieron
como protagonistas del conflicto, comenzando, así, la denominada Guerra
del Desierto.
Militarmente, Marruecos era superior a
Argelia -contaba con menor número de soldados, pero su ejército estaba
mejor equipado y entrenado-. De modo que Ben Bella solicitó ayuda a
Cuba, ayuda que no se dejó esperar, materializándose en octubre de 1963.
Afortunadamente, los internacionalistas
cubanos no llegaron a combatir. Las autoridades marroquíes, enteradas
del desembarco en Orán de tropas y armamento cubano, sobrestimaron al
enemigo. Sobrestimación que, sumada a la falta de ayuda esperada por
parte de sus amigos occidentales, acabó apendejándoles un poco, si no
bastante.
Bajo esas condiciones, el 29 de
octubre, Ben Bella y Hassan II se reunieron en Mali y al día siguiente
firmaron el alto el fuego que propició el regreso, en febrero de 1964,
a la situación anterior a las hostilidades.
Y ya, para alejarnos definitivamente de
Argelia, recordar que Ahmed Ben Bella fue derrocado el 19 de junio de
1965 mediante un golpe de Estado. De todos modos, como ya sabemos, aquí
empezó, pero no acabó la epopeya de Cuba en África.
En la madrugada del 24 de abril de
1965, tras cruzar el lago Tanganica desde Tanzania, el Che llegó al
Congo –ex colonia belga que en octubre de 1971 pasó a llamarse Zaire y
desde mayo de 1997 República Democrática del Congo- al frente de una
columna de guerrilleros cubanos.
En diciembre de 1964, Ernesto Guevara
inició un viaje que durante tres meses le llevó a ocho países africanos
y a China. Durante ese período se reunió con varios dirigentes de
movimientos de liberación para ver cómo Cuba podía ayudarlos.
En nombre del gobierno cubano, el Che
ofreció a Laurent Kabila y a Gastón Soumialot –líderes de los Simbas-
instructores cubanos y armas. Ayuda que de buen grado aceptaron los
rebeldes.
Lo que estos dirigentes nunca
imaginaron fue que, poco tiempo después, el propio Che llegaría al
frente de los instructores; acontecimiento que no les agradó demasiado
por miedo, según ellos, a que el conocimiento de su presencia provocara
un “escándalo internacional”.
Las intenciones de los internacionalistas cubanos eran buenas, pero este país no estaba preparado para una revolución.
Aliados con los cómplices del asesinato
de Patricio Lumumba –Mobutu y Tshombe-, Estados Unidos, máximo
responsable del citado asesinato, estaba metido hasta las cejas en toda
esta contienda; sólo que, como casi siempre, lo hacía de manera
encubierta. En un momento en que los Simbas avanzaron poniendo en
peligro sus imperiales intereses, los norteamericanos no dudaron en
contratar a exiliados cubanos que residían en Miami para pilotar
aviones belgas y bombardear a los rebeldes. También contrataron a más
de 1.000 mercenarios –estos en su mayoría sudafricanos blancos que
arrasaban y saqueaban aldeas enteras asesinando a sus indefensos
pobladores- para apoyar al ineficaz ejército congolés contra la
guerrilla.
Cuando los cubanos llegaron, la
situación que encontraron era poco esperanzadora. Los mercenarios
pagados por Estados Unidos ya habían aplastado la rebelión, pero esto
era lo de menos. El mayor problema residía en que la mayoría de los
Simbas no querían combatir ni recibir entrenamiento –ellos eran pésimos
guerrilleros- de los instructores recién llegados; sus jefes pretendían
dirigir sin poner un solo pie en el país de la contienda –el Che sólo
pudo ver al escurridizo Kabila en una ocasión, y a los
internacionalistas cubanos este comportamiento les llamó negativamente
la atención, puesto que sus jefes en la Guerra de Liberación contra
Batista nunca abandonaron el campo de batalla-. Además, a los
combatientes internacionalistas –incluido al Che- nunca les dejaron
llevar a la práctica los planes que ellos tenían para reconducir la
lucha, lucha que finalmente los rebeldes decidieron dar por finalizada,
invitando a los cubanos a que se marcharan.
Ante estas caóticas condiciones poco o
nada podía hacerse, así que, tras siete meses de intentos baldíos, los
internacionalistas abandonaron el Congo cruzando de nuevo el lago
Tanganica, esta vez en sentido contrario.
La incomprensión de los que allí
dirigían la lucha fue probablemente la causa fundamental de que los
objetivos de la misión no prosperaran. De todos modos, el ejemplo del
Che y sus compañeros no fue vano, pues sirvió para que cientos de miles
de cubanos lo imitaran y ayudaran a independizar a otros países del
sufrido y explotado continente africano.
Y si la columna del Che llegó al Congo
ex belga en abril, en agosto del mismo año otra columna lo hizo al
Congo ex francés. Dirigida por Jorge Risquet Valdés, esta columna tenía
la misión de entrenar y asistir a los rebeldes del Movimiento Popular
para la Liberación de Angola –MPLA-, que tenían su cuartel general
allá, en Brazzaville, crear una milicia para defender al Congo ex
francés de la agresión del Congo ex belga, preservar al gobierno de un
posible golpe de Estado… y unirse, tan pronto como se presentara la
ocasión, a la columna del Che para reforzarla.
Pero el gobierno de Massamba-Débat
decepcionó bastante a los internacionalistas cubanos. No era un
gobierno de revolucionarios firmes. Entendiendo que su presencia no iba
a contribuir a extender la revolución por el África austral, menos de
dos años después, tras armar y entrenar a cientos de rebeldes
angolanos, decidieron marcharse.
Cuba también cuenta con la experiencia
de Guinea-Bissau, donde en 1966 instructores militares y médicos
cubanos se unieron a los rebeldes del Partido para la Independencia de
Guinea y Cabo Verde –PAIGC- que, liderados por Amílcar Cabral,
combatían contra el colonialismo portugués; y allá permanecieron hasta
el final de la guerra en 1974. Exceptuando la de Angola, esta fue la
intervención cubana más larga en África.
Derrotados los portugueses, Cuba
entrenó al nuevo ejército, aportó casi la mitad de los médicos en ese
trocito de África y fundó la Escuela de Medicina.
Otro país africano que igualmente
recibió ayuda cubana fue Etiopía. Recurro a las palabras de Miguel A.
D’Estéfano Pisani: “El 11 de septiembre de 1974 fue destronado el
imperio de Haile Selassie I, cuyo título completo era ‘Conquistador de
la Tribu de Judá, Elegido de Dios y Rey de los Reyes de Etiopía’. Bajo
el imperio, el 20 por ciento de la tierra laborable pertenecía a la
Iglesia Copta, el 40 por ciento pertenecía a la familia imperial, y el
40 por ciento restante a feudales y autócratas.
En julio de 1977, Etiopía informó a la
Asamblea General de la ONU que mientras estaba desarrollando un
esfuerzo máximo para emanciparse de la esclavitud, la opresión y la
explotación del régimen feudal, el 23 de ese mes Somalia había
emprendido una guerra de agresión. En octubre se estaba desarrollando
una lucha muy violenta en territorio etíope, y en enero de 1978 los
somalos atacaron la zona etíope de Harar, pero las tropas etíopes,
apoyadas por los primeros combatientes internacionalistas cubanos,
defienden la zona y rechazan a la fuerza atacante en los accesos a la
ciudad. El 8 de marzo, una columna blindada cubana, que avanzó unos
doscientos kilómetros en menos de tres días, tomó Dagahabur; así, las
posiciones decisivas del territorio etíope de Ogaden habían sido
liberadas y las tropas somalas se retiraron hacia sus fronteras. El 12
de marzo, se liberó la totalidad del territorio etíope ocupado por
Somalia.
De haber tenido éxito el plan somalo de
ocupar una gran parte del territorio etíope, tal precedente hubiera
sido funesto para toda África, cuyos Estados han aceptado el principio
de la intangibilidad de sus fronteras”.
En la Operación Baraguá, que
así se llamó la misión cubana en Etiopía, participaron 16.000
internacionalistas cubanos, y registró el mayor envío de tropas si
exceptuamos a las que combatieron en Angola.
Otros países africanos, como Zambia, Zimbabwe, Mozambique… también contaron con la ayuda de Cuba.
“En estos más de veintiséis años no
hubo un solo día en que los combatientes cubanos dejaran de empuñar el
fusil en África. A veces fueron sólo unas decenas, en algún
destacamento guerrillero en la selva. A mediados de 1988, fueron más de
50.000.
Es así, de conjunto, a lo largo de todo un período, como hay que analizar la epopeya cubana en África” –el entrecomillado es de Jorge Risquet Valdés.
Y por supuesto que, en todos esos años, la ayuda a los focos guerrilleros de Latinoamérica tampoco quedó descuidada.
Incluso, Cuba ofreció voluntarios para
combatir en Vietnam contra el imperialismo yanqui, pero, salvo a unos
pocos militares que ayudaron en la formación de cuadros, los
vietnamitas sólo aceptaron a civiles, entre ellos a numerosos médicos.
Con la participación directa de
constructores y técnicos cubanos se transformó el legendario Camino Ho
Chi Minh, formado por miles de trillos que atravesaban selvas de
Vietnam, Laos y Cambodia, para transportar los tanques y cañones que se
utilizaron en la ofensiva general que culminó en la liberación de
Saigón y la completa derrota de la agresión yanqui. A esta derrota
también contribuyeron, de manera decisiva, las movilizaciones del
pueblo norteamericano en contra de la agresión, así como las de otros
muchos pueblos del mundo.
El 19 de julio de 1966, como consecuencia de un bombardeo estadounidense, cerca de Hanoi murieron al menos cuatro cubanos.
Otra región del mundo, donde los
internacionalistas cubanos también prestaron su ayuda, fue Oriente
Medio. A petición de Hafez al-Assad, presidente sirio por aquel
entonces, casi 1.000 compatriotas acudieron a la llamada. Israel había
agredido nuevamente a Siria, y, desde noviembre de 1973 hasta mayo de
1974, ambos países se enzarzaron en una guerra de desgaste en los Altos
del Golán -montañas del suroeste de Siria- que, desde la Guerra de los
Seis Días -1967-, permanecen ocupados por Israel. Se trata de 1.200 km2 de
gran importancia estratégica, siendo además una importante fuente de
agua, tan escasa en buena parte del desértico territorio.
Los combatientes cubanos entablaron
duelos de artillería contra los israelíes, hasta que el 31 de marzo de
1974, estos últimos y los sirios, convinieron dar por finalizadas las
actividades bélicas; regresando los internacionalistas a la Isla en
febrero de 1975.
Pudiera parecer, por todo lo dicho, que
la Revolución Cubana es acérrima defensora del militarismo; nada más
incierto, sin embargo. El pueblo cubano, siempre pacífico, sólo se
involucró en guerras que lamentablemente, al decir de Martí, fueron
necesarias. Ojalá su ejército y todos los del mundo pueda ser disuelto
un día no lejano. Sería muy buen síntoma y para la humanidad un logro
maravilloso, pero, hoy por hoy, la estupidez, la soberbia y la codicia
humana lo convierte en enorme deseo y en meta más que imposible.
“Algún día [sin embargo] llegará en que
estas armas, llevadas a una fundición, las veremos convertidas en
machetes, arados, tractores y piezas pacíficas de la construcción del
pueblo” –el entrecomillado es de Raúl Castro.
Personalmente soy pacifista –la
Revolución Cubana también-, pero no a ultranza, porque, aunque la
violencia comoquiera que sea siempre es indeseable, hoy todavía
distingo entre los disparos de un ejército imperialista y los disparos
de un ejército que defiende la soberanía de su pueblo. Las Fuerzas
Armadas Revolucionarias, como dijo Camilo Cienfuegos, no son otra cosa
que “el pueblo uniformado”.
Conviene recordar que las mencionadas
misiones internacionalistas –tanto las civiles como las militares-
fueron llevadas a cabo por voluntarios. Jamás se le obligó a nadie a
cumplirlas. Es más, hubo muchísima gente que, queriendo participar en
ellas, tuvo que quedarse a regañadientes en Cuba; tanto era el
ofrecimiento por parte de la población que, lógicamente, a todos no se
les podía llevar.
Además, como ya he comentado, la
presencia militar cubana en África siempre estuvo acompañada por un
masivo programa de asistencia técnica. Fundamentalmente compuesta por
médicos, educadores y constructores, decenas de miles de cubanos y
cubanas trabajaron de manera totalmente desinteresada no sólo en Angola
sino también en otros países como Cabo Verde, Guinea, Guinea-Bissau,
Mozambique, Benin, Sao Tomé y Príncipe, Etiopía, Tanzania, Congo… En
Tindouf, al suroeste de Argelia, médicos de la Isla cuidaron a miles de
refugiados que habían huido del Sahara Occidental, ocupado por tropas
marroquíes.
En todo ese tiempo y con becas
totalmente pagadas por el gobierno cubano, miles de africanos
estudiaron en Cuba –en 1988 la cifra había ascendido a algo más de
18.000 estudiantes, sin contar los pertenecientes a países de otros
continentes.
Este altruista comportamiento contrasta
bastante con el de los ejércitos capitalistas e imperialistas. A los
norteamericanos, por ejemplo, ahora que están ocupando y masacrando al
pueblo iraquí y al afgano, no les ha quedado otro remedio que contratar
a numerosa cantidad de mercenarios -cuya sangrienta participación en
otros conflictos de sobra se conoce-, teniendo que pagar elevadísimas
cifras a sus soldados, también, para mantenerlos incentivados en su
destructivo trabajo; lo cual, más que en combatientes al servicio de su
patria y del resto del mundo, les convierte igualmente en mercenarios.
Muchos de estos soldados, además, ni siquiera son norteamericanos. De
origen sobre todo latino y africano, solamente poseen el permiso de
residencia y aceptan ser carne de cañón ante la promesa hecha por parte
de las autoridades norteamericanas de concederles la nacionalidad al
final de sus “servicios” –si es que llegan vivos, claro, a la
conclusión de los mismos.
Para ilustrar y certificar la ayuda
prestada por Cuba a África, podríamos recurrir a las palabras que
Nelson Mandela pronunció durante su visita a Cuba en julio de 1991.
Estas declaraciones, que por supuesto provocaron férrea censura en
Estados Unidos, decían lo siguiente: “Venimos aquí con el sentimiento
de la gran deuda que hemos contraído con el pueblo de Cuba. ¿Qué otro
país tiene una historia de mayor altruismo que la que Cuba puso de
manifiesto en sus relaciones con África? […]
Nosotros en África estamos
acostumbrados a ser víctimas de otros países que quieren desgajar
nuestro territorio o subvertir nuestra soberanía. En la historia
africana no existe otro caso de un pueblo que se haya alzado en defensa
de los nuestros”.
Incluso antes del triunfo
revolucionario, en Cuba también hubo grandes inquietudes solidarias con
las causas justas. Muchos cubanos participaron en las luchas
independentistas de tierras americanas. Un compañero querido y caído en
misión internacionalista fue Pablo de la Torriente Brau, que murió el
19 de diciembre de 1936, en el cerro de Majadahonda, combatiendo contra
el fascismo en la Guerra Civil española. Para participar en aquella
guerra, más de 1.000 cubanos cruzaron el Atlántico y se sumaron a las
filas de la República.
El propio Fidel fue uno de los cientos
de voluntarios cubanos que, en 1947, se ofrecieron para luchar por la
liberación de la República Dominicana de la dictadura de Trujillo.
Pero, ¡ojo!, no se debe confundir internacionalismo con intervencionismo, que son dos cosas muy diferentes.
Por otra parte, en las guerras de
liberación acontecidas en la Isla, también los cubanos recibieron la
ayuda de muchos compañeros de otras nacionalidades. Caso destacado fue
el del dominicano Máximo Gómez, cuya participación en la Guerra de los
Diez Años (1868-1878) y en la de Independencia (1895-1898) fue muy
importante; o la del norteamericano Henry Reeve, conocido como “El
Inglesito”; el puertorriqueño Juan Rius Rivera; el polaco Carlos
Roloff… Y si nos acercamos a la última Guerra de Liberación, la
comandada por Fidel entre 1956 y 1959, el compañero que más
trascendencia tuvo, sin duda, fue el Guerrillero Heroico: el argentino
Ernesto Che Guevara.
Y concluyo este artículo siendo
consciente de que me he dejado muchas cosas sin contar, porque ¿cómo
van a caber tantos años de admirables experiencias en unas pocas líneas?
Pasado el tiempo, los
internacionalistas cubanos cambiaron el fusil por la bata blanca
–aunque, a decir verdad, en todos esos años nunca dejaron de ejercer la
medicina fuera de la Isla-. Cuando se cumplen veinte años de la
Operación Tributo, miles de galenos y personal perteneciente a otros
sectores de la patria de Martí, siguen trabajando en los más recónditos
lugares de decenas de países del Tercer Mundo. Y es que el
internacionalismo cubano siempre ha sido una práctica continua y
generosa, nunca un ejercicio interesado con fecha de caducidad.
El compañero Fidel expresó que “ser
internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”. A
lo largo de más de tres siglos, alrededor de un millón de africanos
fueron arrancados de sus pueblos para, convertidos en esclavos, ser
explotados en las plantaciones de caña y café de la isla de Cuba.
Llegado el momento, estos africanos y sus descendientes nunca dudaron
en aportar sangre y sufrimiento a las filas del Ejército mambí en todas
sus guerras por la independencia. De modo que, agradecido y solidario
como es el pueblo de Cuba, a saldar esa deuda seguirá dedicando no
pocos de sus entusiastas esfuerzos.
NOTAS:
[1] El
nombre de la operación fue un homenaje a la enorme cantidad de esclavos
que murieron durante las primeras insurrecciones en Cuba, y se debe a
una mujer lucumí de la dotación del ingenio Triunvirato de Matanzas,
que en 1843 encabezó uno de los muchos alzamientos contra la
esclavitud. Carlota ofrendó la vida en el empeño.
[2] A finales de 1898
ya había concluido la “rebatiña” imperialista por África, y fueron las
potencias colonialistas europeas de la época –Inglaterra, Francia,
Alemania, Portugal, Italia, Bélgica y España- quienes se repartieron su
territorio. El único país que quedó sin colonizar fue Etiopia
–Abisinia-. Italia, con apoyo británico, intentó ocuparlo entre 1895 y
1896, pero no pudo.
Fuente:http://baragua.wordpress.com/2009/12/06/cuba-africa-20-aniversario-de-la-operacion-tributo/#more-1455