Alain Touraine, uno de los protagonistas de mayo del 68 y uno de los pensadores más lúcidos de nuestro tiempo, escribía a mediados de los noventa del pasado siglo lo que sigue: “En la actualidad la crisis de la izquierda –comunista, socialista o socialdemócrata- marca la vida política europea. El deterioro de la capacidad de intervención del Estado, la conquista de la mayor parte de sus propuestas programáticas en materia social y la desorientación que experimentan los actores sociales tradicionales, dejan a la izquierda abocada a una redefinición de su proyecto”.
En la década de los noventa, fueron muchos los sociólogos y politólogos que hablaron del fin de las ideologías y de la pérdida de referentes de la izquierda a partir de la desaparición de la URSS, como si la República de los soviets hubiese sido un modelo intangible para la izquierda europea. Olvidan, por ejemplo, el demoledor informe que Fernando de los Rios elaboró, tras su viaje a Rusia, para el Congreso del PSOE de 1921, las críticas de Anatole France a aquel régimen o la negativa de la mayoría de los partidos socialistas europeos a sumarse a la III Internacional. La memoria es esquiva cuando así se quiere que sea.
La crisis de la izquierda, en efecto, comienza cuando muchos de sus logros programáticos materiales se han conseguido en Europa Occidental. Nadie a principios del siglo XX podría pensar que en 1970 los países miembros de la Comunidad Europea tuviesen un salario mínimo decente, derechos sindicales protegidos, empleo fijo, pensiones, o redes públicas universales de sanidad, educación, transportes o asistencia social. Sin embargo, después de la crisis del petróleo de 1973, comienza un nuevo ciclo que podríamos denominar “contrareformista”: Hemos ido demasiado lejos en las concesiones en materias sociales –se decían en los altos despachos los “ingenieros contables” neoconservadores-, el sistema resulta insostenible, no nos deja ganar todo lo que podríamos y es preciso hacer recortes drásticos, posibilidad que nos permite la docilidad de los sindicatos y partidos de izquierda y la indolencia ciudadana. Esa nueva política económica se fragua en Estados Unidos y poco a poco se fue introduciendo en Europa bajo el subterfugio de que sólo aplicando contrareformas se podría mantener algo del sistema socialdemócrata imperante en Europa. Los partidos de izquierda creyeron de verdad en aquellas razones y comenzaron a tomar decisiones desde el poder que hasta entonces eran patrimonio de los gobiernos derechistas: Reconversiones industriales con miles de despedidos, derregularización del mercado laboral, disminución del peso de los impuestos directos en favor de los indirectos, privatizaciones de empresas y servicios públicos, eliminación de los controles sobre los movimientos de capitales y transferencia de parte del poder del Estado a las grandes corporaciones industriales y financieras, sumándose de ese modo a quienes, desde otro ámbito ideológico, creían que el libre mercado era algo parecido al “Bálsamo de Fierabrás”, pero para sus intereses particulares.
Todo ello, la realización de políticas contra-natura –mención especial merece la actitud de la socialdemocracia austriaca que después de haber dado forma a uno de los Estados más igualitarios y avanzados del mundo, votó hace unos años una ley de marcado carácter racista pensando en el rédito electoral-, unido al cambio de mentalidad acaecido dentro de unas clases medias cada vez más individualistas e insolidarias, y a la disminución del peso de las enseñanzas humanísticas en los currículos escolares han creado el caldo de cultivo preciso para que las ideologías populistas más conservadoras hayan ganado terreno en todos los campos incluido el de la movilización social, mientras la izquierda, aunque mantiene el tipo, no es capaz de articular un programa atractivo para una población cada día más preocupada por lo inmediato y particular
Por ello, de acuerdo con Touraine, estimamos más necesaria que nunca una redefinición de la izquierda que pasa ineludiblemente por retomar muchos de sus postulados esenciales: 1. La izquierda se mueve por principios éticos, de ahí que la política no sea un medio para el medro personal, sino para el mejoramiento de la vida material e intelectual de todos los ciudadanos. No caben individuos como David Taguas ni ejecutivos de nóminas multimillonarias que planifican nuestro futuro reduciendo costes laborales.
2. La izquierda en el poder no puede seguir las recetas económicas, políticas y sociales elaboradas por la derecha. Tiene las suyas propias indefectiblemente unidas al mantenimiento y extensión de Estado Social de Derecho.
3. Las elecciones se ganan haciendo creíble un programa, no siguiendo los dictados de las encuestas. Es preferible estar en la oposición denunciando los abusos que estar en el poder cometiéndolos.
4. No es verdad que los objetivos programáticos de la izquierda se hayan cumplido mayoritariamente, antes al contrario vivimos en la actualidad un proceso de desmantelamiento de aquello que se había conseguido sin que exista una oposición clara y rotunda.
5. Partiendo del entendimiento de la política como una ética, la izquierda tiene la obligación de reconstruir sus instrumentos de movilización social –partidos, sindicatos, asociaciones de vecinos, medios de comunicación, sociedades civiles, agrupaciones ecológicas-, hoy domesticados, para buscar el apoyo social imprescindible para enfrentarse en todos los terrenos a quienes pretenden vaciar la democracia de contenidos sociales. Es ahora, más que nunca, cuando el mundo, cuando el pueblo, necesita de una izquierda nítidamente diferenciada de quienes nos han colocado al borde del abismo. Nadie, pues, debe asustarse de reivindicar el papel del Estado en los servicios públicos, en las obras públicas, en la banca o en cualquier otro sector esencial para el progreso de la humanidad y una justa redistribución de la riqueza. No se trata de izquierdistas que quieran refundar el capitalismo –que ya se ha refundado cientos de veces desde el principio de los tiempos- sino de sustituirlo por otro sistema que esté al completo servicio de los ciudadanos en una sociedad más justa y más libre donde los codiciosos, los avariciosos y los crápulas que se juegan el dinero de los demás en casinos trucados no tengan cabida salvo tras los barrotes de una prisión.