Por Roberto Ramos
Hace unos días discutía, lo digo así por simplificar y que se note el eufemismo, con algunos buenos amigos, sobre el significado de ser o sentirse de izquierdas. Uno procura no ser pretencioso en sus razonamientos o argumentos y, más bien, trata de ser simple, siguiendo aquel principio científico, dicen, de que la explicación más simple suele ser la más plausible.
Como digo, no me gusta la complejidad en estos asuntos y suelo huir de las etiquetas de este tipo, por aquello de que encorsetan en demasía un concepto que, en definitiva, no deja de ser un sentimiento. No obstante, al final es inevitable tener que definirse en cierta medida.
Les decía, a mis amigos me refiero, que para explicar ese alejamiento de las etiquetas, lo mejor era recurrir a un pasaje bíblico (ya se sabe que los caminos del señor son inescrutables). Concretamente ese en el que Moisés, en plena catarsis mística, sube al Monte Sinaí y se encuentra con la zarza ardiente, a la cual pregunta: ¿Quién eres?. La zarza ardiente del Monte Sinaí, que al contrario de las zarzas ardientes del resto del mundo conocido, tiene la capacidad de interiorizar, analizar y responder, le espeta: Yo soy, el que soy, respuesta que, a mi modesto modo de ver, tiene dos posibles interpretaciones. Una, que la zarza ardiente no tenía un buen día para disquisiciones de ese tipo, cosa lógica si tenemos en cuenta que vivía en uno de los desiertos más áridos del planeta y, encima, sufría el perenne y constante fuego divino para los restos, o dos, y más glamorosa, que la sabiduría de Dios, en su tremenda virtud, le mandaba un dardo envenenado al bueno de Moisés con una respuesta tan concreta como amplia, para que fuera, él mismo, quien interpretara lo que estaba viviendo, dando al hombre un papel preponderante y demostrando que, quizá Dios, era el primer humanista de la Historia. El caso es que esa segunda respuesta es, al mismo tiempo, un todo y un nada, que deja abierta a la libertad individual de cada uno, la interpretación de su propia identidad. Y así entiendo yo, que es como debemos sentirnos los que de izquierdas nos consideramos, y me explicaré después. Seguramente los puristas en esto de las ideologías, y probablemente con algo de razón, dirán que dar preponderancia a la cuestión individual por encima de la colectiva no es muy de izquierdas y sí más bien liberal. Es posible. No seré yo quien discuta a los puristas, entre otras cosas, porque mis dudas expresadas en este escrito no me lo permiten.
El caso es que, a pesar de todas estas dudas, insisto, creo que ser de izquierdas es una opción individual que cada uno interpreta o puede interpretar de maneras distintas. Ser de izquierdas, a parte de lo obvio, es vivir en un estado de duda y cuestionamiento continuo de la realidad política, económica y social que nos rodea, es huir de los dogmas, los absolutismos y las certezas como alma que lleva el diablo. Es no creer en la verdad absoluta. Es esta, una actitud también que sigue otro principio científico, el del cuestionamiento continuo de la realidad, pero en este caso, no de la realidad física, sino de la política y social. Por tanto, ser de izquierdas supone aceptar, al mismo tiempo que exponemos nuestras ideas, que dentro de nuestra manera de ver la vida, hay personas que no compartirán esas ideas nuestras, pero que, al mismo tiempo, sí compartirán esa visión crítica y social de nuestro entorno. Es decir, y por no enmarañar más el asunto, que somos tan heterogéneos como versátiles debemos ser. Evidentemente, esta característica, lejos de ser una ventaja a simple vista, es una tremenda complicación. No tener unas directrices claras siempre complica la vida. No obstante, la hace más rica. La heterogeneidad de la que hablaba, además, añade un punto de complicación a nuestra existencia colectiva, ya que debemos aprender a entendernos los unos a los otros, sin gradación de nuestro izquierdismo, sin clases, sin supremacías.
Luchar por una sociedad más igualitaria, en cualquier parte del mundo, por un reparto de la riqueza, por una economía que no deje sus evoluciones únicamente a los designios del mercado, por una sanidad universal, por una educación pública de calidad, por la libertad de los pueblos sin estado, por un mundo con criterios más eco-sostenibles y que cuestione el poder en cada lugar y a cada instante es, obviamente, ser de izquierdas, pero aceptar que, dentro de los que luchamos (o creemos luchar) por ello, hay diferencias, algunas casi de base, pero que comparten el criterio fundamental del igualitarismo, tanto o más.
En definitiva, todas estas dudas, falta de concreción y de unos criterios establecidos y férreos, nos convierten en personas algo frustradas en nuestra ideología, con un pesimismo casi innato del que numerosos ejemplos todos conocemos, casi en un estado de enfurruñamiento continuo. Algo que, al final, nos da un aire de tristeza vital importante. Algo desagradable, frustrante como decía. Malo, en resumen. Muy malo.
Sólo hay una cosa peor que ser de izquierdas. No serlo.
Así lo siento yo.
