Aunque a mí se me dijo que fue una casualidad, no me lo termino de creer. El caso es que una tarde me llama Irene Falcón, la secretaria de Dolores Ibárruri, y me dice que se encuentran en una villa de la Costa Azul. Como sabe que nosotros vivimos allí, me llama para preguntarme cuál es nuestra dirección. Como es lógico, le pido que me diga dónde están ellas para ir inmediatamente a verlas. Me va dando indicaciones que cada vez se acercan más a Villa Comète. «En la comuna de Théoule-sur-Mer», me dice, «a veinte kilómetros de Cannes, yendo por la carretera de la cornisa, debajo del “Hotel La Tour de l’Esquillon”. Se llega por una pequeña carretera asfaltada que sale en dirección al mar, justo después de pasar el hotel. Una vez en esa carretera, será más o menos la tercera o cuarta villa». Le respondo aún sorprendido: «Esa es precisamente nuestra dirección, así que tenéis que estar aquí al lado». En ese mismo momento salimos a buscarlas. Cogemos el coche porque no sabíamos a ciencia cierta cuántos chalets podía haber hasta el suyo. Irene nos dijo que nos esperaría en la puerta. Y, en efecto, su villa era la contigua a la nuestra. Una casualidad demasiado agradable. Allí se encontraban Dolores, su hija Amaya, su nieta Lolita e Irene. Nos dicen que están invitadas por el Partido Comunista Francés a pasar allí un mes. Les acompaña un forzudo guardaespaldas, antiguo boxeador.
Después de charlar un rato, digo a Dolores si quieren venir a conocer en persona Villa Comète. Y digo conocer en persona porque Dolores sabía de todas las andanzas y conspiraciones que se desarrollaban en aquella casa. Fue la primera vez que Dolores estuvo con nosotros allí. Después, casi todos los días de ese mes los pasó en nuestra casa. Desayunaba en la suya y almorzaba y cenaba con nosotros. Creo que al día siguiente llegó Santiago con toda su familia y también bajó de París Marcos Ana para pasar todos ellos con nosotros casi el mes entero.
No tengo que decir lo que significó para mí convivir durante tan largo tiempo junto a Dolores, su familia e Irene. Coincidieron esos días con momentos trascendentales para la lucha en España. Fue un mes inolvidable y, por desgracia, irrepetible. Además, con ocasión de que estaba ella allí, fueron aprovechando la mayoría de los dirigentes del PCE en Francia y también muchos del interior para acercarse a Villa Comète. Fue una cosa parecida a un Comité central del partido que se hubiese prolongado de forma ininterrumpida durante todo un mes.
Podría escribir un libro de recuerdos de ese agosto de 1975. Me limitaré a contar algunas anécdotas curiosas o interesantes.
Bajaron de París Calvo Serer y Trevijano a conocer a Dolores. Nuestra casa estaba llena y el cercano Hotel La Tour de l‘Esquillon, como todos los veranos, se encontraba también al completo. A Trevijano y a Serer no les importó tener que dormir en unos colchones en el suelo con tal de estar un par de días con ella. Dolores les recibió al día siguiente de llegar, en su casa, y se sentaron a ambos lados de ella y Trevijano la cogió con cariño de la mano. Los dos se deshicieron en elogios sobre su persona y le mostraron su reconocimiento por una vida entregada a la lucha por sus ideales. ¿Quién iba a decir que un notario excedente y un miembro del Opus Dei, ambos del entorno de don Juan de Borbón, iban a estar rindiendo homenaje a La Pasionaria? No podemos olvidar que Trevijano había sido también asiduo acompañante de don Juan cuando el príncipe cursaba sus estudios militares en Zaragoza.
Como ya he contado, durante ese mes, Santiago desde la terraza de Villa Comète escribió el libro Demain l’Espagne, como respuesta a preguntas de Max Gallo y Régis Debray. Una mañana fuimos nadando los cuatro desde nuestra casa hasta la playa de la villa donde estaba Dolores. Como si también quisiera ir a rendirle homenaje, nuestro perro Pekín fue también junto a nosotros. Una vez allí, los dos escritores franceses estuvieron unas horas departiendo con ella en la terraza.
Otro día fuimos andando por la carretera hasta su villa. Iban también dos de nuestros perros, el “malvado” Pekín, como lo denomina Carrillo en su libro El año de la peluca, y Taco, un setter de mi hija Paloma, un perro con un carácter extraordinario, como lo tienen todos los perros. Conociendo a Pekín, ocurrió lo que podíamos haber previsto. Mientras Dolores atendía al visitante que le llevé, los perros se enzarzaron en una brutal pelea que le asustó. Ordenó a aquel impresionante guardaespaldas que los separase. El hombre contestó que era peligroso meterse en una pelea de perros y que él no se atrevía a hacerlo. Me decidí yo a hacerlo y salí con una mordedura en un dedo. Aún conservo la cicatriz. Dolores increpó a su guardaespaldas y solicitó al partido que lo sustituyesen porque era un cobarde.
Otro día Dolores tenía un fuerte dolor de muelas y me pidió que la llevara a un dentista de Cannes. Fuimos los dos solos por la tortuosa cornisa, y yo, como le hubiese pasado a un fanático católico llevando al Papa, no dejaba de pensar en la responsabilidad que era para mí conducirla por aquella peligrosa carretera.
Ya he dicho que son muchísimas las cosas que podría contar de aquellos días. Me comprenderán cuantos españoles sientan respeto y veneración por esa heroica luchadora a favor de los intereses de los obreros españoles. La veía y me venía a la memoria su «¡No pasarán!» de la defensa de Madrid, su figura arengando a los milicianos en el frente. Me la imaginaba cavando trincheras al frente de otras mujeres en las afueras de Madrid, bajo los bombardeos de los aviones nazis, y todo ese esfuerzo para defender “la capital de la gloria” de las embestidas de legionarios y moros. Estos días compartidos me permitieron conocer a fondo su personalidad humana, apreciar su inteligencia natural y admirar su gran preparación política, fruto de tantos años de lucha. Recordé una y otra vez las primeras impresiones que me había formado el día en el que Marcos Ana me la presentó en aquel chalet parisino, aquella casa que el pintor Léger había donado al Partido Comunista Francés y donde después se firmaría la paz de Vietnam. No es lo mismo conocer a una persona en un desayuno que convivir con ella un mes entero.
Ya he contado en estas memorias nuestra fugaz visita a Saint-Tropez y las ingenuidades, casi ñoñas, que decía Dolores cuando veía pasar a personajes estrafalarios frente a los lujosos yates. También he contado cómo la cantante americana Joan Báez, cantó y tocó varias veces la guitarra en su homenaje, y las peripecias que organicé al día siguiente del recital que dio en Niza, porque no me gustó el comportamiento falso e hipócrita de la cantante.
Marcos, que en Francia conocía y era amigo de todo personaje de izquierdas, se las arregló para llevar a una compañía de actores de teatro a Villa Comète. Representaron la obra de García Lorca La zapatera prodigiosa en nuestra terraza, instalando el atrezzo y los focos necesarios. Todos los actores vestían los trajes adecuados para la obra. Fue al anochecer, y Dolores e Irene presidían una especie de palco que montamos en uno de los dos ventanales que daban a la terraza del salón. Todos los demás nos acomodamos para presenciar aquella obra tan bien elegida y que se ofrendaba a esa mítica española exiliada. La compañía teatral no quiso cobrar nada y me dijeron que para ellos había sido un honor rendir ese homenaje a Dolores. Para mí no supuso ningún ahorro, porque nadie puede imaginarse lo que comen y beben en un día de verano los jóvenes actores de una troupe teatral. Nos dejaron la bodega y la despensa vacías, se fumaron todos mis puros y, aún así, todo ello mereció la pena. Fue interesantísimo comprobar la emoción que sentía Dolores mientras representaban para ella esa obra del universal granadino asesinado por los fascistas.
Uno de los recuerdos más interesantes de aquel verano se produjo alrededor de un aparato de radio. Sintonizábamos alguna emisora española y escuchábamos las noticias sobre la enfermedad de Franco. Aunque seguro que muchos españoles no se creerán lo que voy a contar, puedo asegurar que es absolutamente cierto. Uno de esos días, mientras escuchábamos esas noticias trascendentales sobre la enfermedad de Franco, Dolores, en un gesto muy habitual en ella, se cogió la cara entre las manos y dijo con gran sentimiento:
—¿Y esa familia, qué va a hacer ahora si se muere?
No pude evitar responderle:
—Pero Dolores, ¿a nosotros qué nos importa la familia Franco? Su mujer es tan responsable o más que él de los miles y miles de fusilamientos que ordenó ese canalla de Franco. Y muchas veces firmaba las sentencias mientras tomaba chocolate con churros, sin que ella nunca le aconsejase perdón o caridad.
Dolores me miró y no dijo nada.
Meses después, Santiago me dijo que Dolores había escrito desde Moscú. Le rogaba que intentara que yo no me apasionase tanto con los perros, porque un día iba a tener un percance serio interviniendo en sus peleas.
Por mi parte seguí, no solo esa primera convalecencia de Franco, sino todas las que fueron viniendo después, con la toma del poder provisional de la Jefatura del Estado por parte del príncipe, con la emoción y la incertidumbre con las que lo seguimos todos los españoles, y que luego se ha contado con todo detalle en numerosos libros. Entre ellos, incluso se ha publicado el que escribió el amigo y médico de cabecera de Franco, un volumen que nos da a conocer el entorno frívolo del dictador.
El final de esas dolencias fue una muerte esperpéntica, acompañada del comportamiento repugnante del marqués de Villaverde. Este personaje vendió fotografías en las que se ve al dictador inconsciente y lleno de tubos, e intentó pasar cuadros de valor por la frontera de Algeciras hacia Gibraltar, como si se tratara de material sanitario que enviaba a Filipinas. Años después, también su hija Carmencita dio el espectáculo de intentar sacar clandestinamente del país medallas, condecoraciones y joyas de gran valor. No tuvo el castigo que se merecía.
Hoy 9 de agosto de 2009, tengo una larga conversación por teléfono con Lolita, la nieta de la gran Dolores Ibárruri. Recordamos el mes de agosto que pasó con su madre y su abuela en el chalet limítrofe con villa Comete, en Francia, y cómo en nuestra terraza Joan Báez tocó la guitarra y cantó para su abuela, y al día siguiente en el recital que daba la cantante en Niza, me negué a entregarle el ramo de flores de rosas rojas que llevábamos preparado porque metió en el mismo saco la represión de la Unión Soviética con los crímenes de Pinochet y no comentó que la noche antes había cenado con Dolores y con Marcos Ana, víctima durante 23 años de las torturas y las cárceles de Franco, con dos penas de muerte, cuando la frontera de la fascista España estaba a solo unos kilómetros. Me recuerda las discusiones que provocó mi comportamiento y me cuenta una discusión entre Dolores y Regis Debray que yo había olvidado: que Regis comentó que en Moscú había muchas prostitutas, a lo que Dolores le contestó que no eran prostitutas sino “intérpretes”, dando lugar a que Lolita la dijese a su abuela que efectivamente en Moscú como en todas las ciudades había prostitutas, contestándole Dolores que ella qué sabía lo que era una prostituta.
Igualmente me cuenta Lolita que Dolores se enteró de la muerte de Franco cuando se lo comunicaron por teléfono. Ella estaba delante, observó que su abuela se quedaba pálida y muy seria y que dijo: “que la tierra le sea leve”, encerrándose inmediatamente en su habitación donde permaneció varias horas. Lolita me dice que su abuela no tuvo nunca rencor contra nadie.
Esto que cuento lo hago expresamente autorizado por Lolita.