Esta frase tan utilizada en las situaciones cotidianas, a mi me tiene harto. En España, que es más o menos un país democrático, tenemos una norma que es la “ley de leyes” que regula el marco legal dentro de los límites de nuestro Estado, la Constitución Española…esa que costó sangre, sudor y lágrimas que diría Churchill a la Cámara de los Comunes el 13 de mayo de 1940; y que hoy la clase política elude cumplir, por imperativo del FMI y de la Comisión Europea, que por cierto no han sido votados. Circunstancias que me atañen (lejos de la maltrecha política nacional) y que no puedo hacer públicas de momento, me han forzado a situaciones que conllevan la renuncia de las aspiraciones que me había marcado seguir en un corto-medio plazo.
Estas circunstancias a las que me refería en el párrafo anterior, me han sido impuestas por actuaciones fuera de la legalidad vigente, y usurpando funciones que atañen a instituciones elevadas en un determinado organismo público (probablemente el que no me conozca, dirá: “de que nos habla este tío”… forma parte de la comidilla colectiva… sobre todo si vas a tu centro de trabajo…a cualquier otra cosa que no sea…eso trabajar).
El artículo 24 de la CE, dice:
1. Todas las personas tienen derecho a obtener la tutela efectiva de los Jueces y
Tribunales en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos, sin que, en ningún
caso, pueda producirse indefensión.
2. Asimismo, todos tienen derecho al Juez ordinario predeterminado por la ley, a la
defensa y a la asistencia de letrado, a ser informados de la acusación formulada
contra ellos, a un proceso público sin dilaciones indebidas y con todas las garantías,
a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí
mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia.
La ley regulará los casos en que, por razón de parentesco o de secreto profesional,
no se estará obligado a declarar sobre hechos presuntamente delictivos.
Sin ser un Jurista, no hay que decir que el que es acusado de algo que no ha cometido no tiene que demostrar su inocencia, sino los que acusan probarla. El problema viene cuando los que acusan carecen de estas pruebas y además de legitimidad para presentarlas. Hasta aquí completamos la primera parte de la frase que introduce este alegato (ser decente).
Cuando uno está convencido de su inocencia, tiene la conciencia tranquila y encima desarrolla sus actividades con la normalidad propia del que descansa divinamente por la noche, se encuentra de otro lado a los que hacen caso de las habladurías, comentarios y demás mentiras, de cuya prescrita procedencia hace que tomen cuerpo y se tornen en dogmas… y el que es inocente pase a ser sospechoso, y de ser sospechoso a culpable… sine die, eso sí sin que nadie competente en la vía que el Derecho procure se haya pronunciado condenándolo, es más ni tan siquiera imputándolo. Hasta aquí la segunda parte de la frase tradicional que nos ocupa (parecer decente).
Con todo esto que quiero decir, que es lo verdaderamente importante; desgraciadamente en este país, sociedad o como lo queramos llamar prevalece la idea preconcevida, el juicio que no procede de la experiencia previa, sino de los comentarios arrabaleros de quien no tiene nada que hacer…quizás porque su vida ande dolida, vacía o cualquier otro calificativo más desgraciado.
Pocas cosas me ha enseñado la vida, porque soy muy joven, pero si he aprendido de los que tienen más de 59 y 90 años; esos que han vivido tiempos donde pensar estaba prohibido y donde hablar más de la cuenta te costaba alguna que otra costilla rota; y sobre todo me han enseñado a desconfiar del que conozco, a criticar al que conozco; pero jamás a juzgar a quien no tengo posibilidad de conocer y mucho menos a dejarme llevar por las opiniones, comentarios o tibias apreciaciones no fundadas…como si la vida de las personas anónimas o los hechos que le rodean se pudieran coser y descoser como un roto.
Quizás por eso creo que en la ciencia, porque en sus fundamentos, ya desarrollados por Bernard, la demostración empírica de la hipótesis que se razona es la que permite la discusión de los resultados, y no la discusión de los mismos sin el pertinente modelo experimental. Es este precepto el que hace grande a la ciencia y a los científicos, no lo místico, infundado o procedente de la charlatanería que sienta cátedra.
